Adolfo Suárez | Lunes 20 de diciembre de 2010
Hay ciudades que te pertenecen. Puede ser porque la compraras con el primer beso, o puede ser que tu primera borrachera manchase alguna de sus paredes, hace ya demasiados años. Puede que un viaje te llevase una primera vez hacia ese lugar, y luego cada sueño te volviera a llevar hasta sus puertas. Puede que te montaras una tarde sobre los lomos gastados de algún libro y te decidieses a comprarla por un pedazo de tu alma. Yo tengo ciudades así, Nueva York me pertenece, Roma me pertenece.
Y sin embargo, por muchas ciudades que compre, visite o recuerde, yo pertenezco a Madrid. A cada una de sus calles y miserias, a cada uno de sus edificios y tristezas. Mi sangre es su sangre. Me alegran sus risas y las mías se unen a las suyas. Soy sus atascos, sus cielos, sus tardes, sus andamios eternos. Sus tardes de domingo y sus mañanas de verano.
Muchas veces, paseando por sus calles, sin ningún destino conocido, me paro y miro su cielo, y en esas ocasiones siempre termino por pensar que, a pesar de todo, o quizás por ello, me gusta vivir en esta ciudad, que la pertenezco. Yo soy Madrid, Madrid soy yo.
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