El polideportivo Luis Aragonés, en el distrito de Hortaleza, se transforma dos veces al año en un singular parque acuático. Y es que casi 300 niños y adolescentes con discapacidad intelectual –síndrome de Down y autismo principalmente- disfrutan de una jornada de convivencia en remojo.
El pasado 19 de noviembre tuvo lugar el último encuentro en la piscina entre alumnos de los colegios de educación especial de Hortaleza. Supervisado por más de un centenar de profesores y 26 técnicos deportivos, la jornada contó además con la presencia de la concejala-presidenta del distrito
Elena Sánchez-Gallar, quien aseguró que esta actividad es una de las que “más emoción” le causaban de entre las organizadas por la
Junta Municipal, que destina a este proyecto un presupuesto anual que supera los 28.000 euros.
El frío y la lluvia de la calle contrastan con el ambiente cálido y divertido del interior. Cientos de niños y jóvenes, de hasta 20 años, corren sin descanso entre colchonetas hinchables, aros, toboganes y otros juguetes para el agua.
Abel (nombre ficticio) no puede contener su excitación: “Me gusta muchísimo la piscina, muchísimo. No me quiero ir de aquí”. Tiene 16 años y sufre
síndrome de Down. Sin parar de hablar, nos cuenta que vino de “África”, que su padre le enseñó a nadar, que su madre “tiene novia” y que, además de nadar, baila muy bien. También dice que le “encanta” charlar con periodistas, pero que prefiere tirarse por el tobogán otra vez. Y se va, efectivamente, al tobogán.
Uno de los profesores que están al tanto de la supervisión de los chicos,
Nico Sánchez, nos explica que el objetivo de la propuesta no es otro que el de “pasarlo bien”: “es una actividad acuática recreativa, no se trata de competir”. “La capacidad ‘motórica’ de cada uno de ellos es muy variable, algunos pueden nadar solos y otros tiene la capacidad más reducida y solo pueden estar en la piscina pequeña”, añade Sánchez.
Los niños con
autismo se comportan de manera diferente.
Rubén (nombre ficticio) tiene 10 años. Está sentado envuelto con una toalla. Con la mirada perdida, no se molesta en responder ninguna pregunta. Excepto cuando se le dice que si le gusta bañarse en la piscina. Mira a la redactora y asiente con la cabeza. No tiene nada más que decir. La enfermedad que padece Rubén tiene varios grados. Los casos más severos se caracterizan por una completa ausencia del habla de por vida y comportamientos repetitivos, inusuales y agresivos. Las formas más leves de autismo, sin embargo, pueden ser casi imperceptibles y suelen confundirse con timidez, falta de atención y excentricidad.
Leire (nombre ficticio) lleva más de media hora jugando sola, subida en una colchoneta. Parece que se divierte. Su tutora no le quita ojo de encima. “Hay que tener cuidado y estar alerta porque los niños con autismo tienen muchos problemas de comunicación y tienes que mediar en casi todo. Ella –refiriéndose a Leire- no es nada consciente de que padece una enfermedad”, comenta.
Las jornadas, en definitiva, además de permitir a estos niños pasar un rato de ocio y tiempo libre, fomentan la actividad deportiva en un colectivo que particularmente necesita reforzar la confianza en sí mismo a través de la superación personal y la convivencia.