Sara Medialdea | Jueves 18 de noviembre de 2010
La imagen puede resultar muy gráfica: lo del presidente del Gobierno al alcalde de Madrid fue como un zapatazo con el que se aplasta a un insecto. O esa intención tenía. El alcalde llegó al Palacio de Moncloa cargado de buenos deseos y -no se sabe muy bien por qué- de esperanza, con minúscula. Confiaba en que sus argumentos, que tan buenos le parecen, para justificar la refinanciación de su deuda hubieran convencido al presidente que más se ha endeudado de todos los tiempos. Pero no fue así: Rodríguez Zapatero mandó primero a Chaves a que fuera aclarando el panorama. Y al día siguiente emplazó, templó el capote y metió la espada, como dicen los taurinos, hasta la bola.
Como el alcalde no sabe disimular lo que siente, se le vio desencajado y decepcionado en la rueda de prensa en la que le tocó el papelón de explicar que salía con una mano delante y la otra detrás; exactamente igual que había llegado, pero con menos ilusión. Duro reto el que ahora tiene que afrontar: cuadrar el círculo, o en términos bíblicos, multiplicar los panes y los peces. Sospecho que 2011 va a ser un buen año para empezar una dieta.
Pero ¡ojo!, que las campanas todavía no doblan. Vale que no es precisamente el mejor escenario llegar a las puertas de unas elecciones con las arcas vacías, sin un euro para lucirse y con bastantes probabilidades de tener en la calle a jardineros, barrenderos y basureros reclamando sus salarios -no olvidemos que las principales empresas que prestan estos servicios son precisamente aquellas a las que el Consistorio debe casi un año de trabajo-. Pero como dice el refrán, "hasta el rabo todo es toro". Me consta que en el Ayuntamiento madrileño ya tienen preparadas soluciones de aliño para sobrevivir, por lo menos, hasta las puertas de las elecciones sin demasiados contratiempos. ¿Es pan para hoy y hambre para mañana? Seguro, pero la misma mano que corta ahora el aire a Madrid tiene también agarrados por el cuello, impepinablemente, a otros muchos ayuntamientos, algunos de su mismo color político. Y no puede insuflar aire a unos sin aflojar la presión sobre el otro. Tal vez Gallardón termine viendo pasar ante su puerta los cadáveres de muchos enemigos; la política tiene estas cosas.
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