Sara Medialdea | Martes 26 de octubre de 2010
Los militantes populares de Madrid acudieron en rebaño a la convención que este partido celebró el pasado fin de semana en un hotel madrileño de decoración inclasificable. Una convención, cuando no se dirime nada y el poder está atado y bien atado, es casi casi como un banquete de bodas, donde los viejos conocidos que hace tiempo que no se ven aprovechan para saludarse. En este, hubo discursos, apretones de mano, muchas risas a cuenta de los viejos carteles electorales -Ruiz-Gallardón, casi de primera comunión- y alguna queja entre los periodistas. Por los cafés: más de tres euros por uno es demasiado para un sueldo de crisis.
Mientras los populares pisaban moquetas, en el PSOE madrileño los cuchillos vuelven a volar. Periodistas de toda solvencia cuentan el rifirrafe habido entre Tomás Gómez y Pedro Castro, al parecer con el primero sugiriendo que el segundo no repita. Viejas vendetas... Gómez, que tan reforzado ha salido de sus primarias, quizá debería plantearse la inteligencia de abrir frentes por donde pueda marcharse la energía.
Pero volviendo a las ovejas, este domingo vuelven a la capital. Tan formalitas ellas, tan obedientes, tan alineadas, y que ninguna se salga, porque aparece un mastín que da miedo ver y las mete rápido en vereda. Es la decimoséptima edición de esta visita ovina; Esperanza Aguirre era concejal de Medio Ambiente cuando las ovejas merinas empezaron a "triscar" por las calles madrileñas. Ella ha cambiado; Madrid también. Las únicas que siguen en el mismo sitio son las ovejas.
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