Opinión

Ciudadanos huérfanos

Sara Medialdea | Miércoles 29 de septiembre de 2010
"Nunca hubo tantos motivos como ahora para hacer huelga". Se lo he escuchado a un jubilado en la radio, y sinceramente, creo que tiene razón. Sin embargo, el país no se ha parado, y los trabajadores no han secundado masivamente la protesta. Lo que se palpa en la calle es un hartazgo general: aquellos que viven de su trabajo y que se cansan de pagar impuestos -directamente de la nómina a las arcas públicas, sin pasar siquiera por sus cuentas corrientes-.

Hartos de los sindicatos: su papel, trascendental en otros momentos de la democracia e imprescindible para la defensa de los derechos de los trabajadores, ha quedado en los últimos tiempos desdibujado, víctima en muchos casos de un sistema que los ha devorado igual que Saturno hacía con sus hijos. Muchos empleados públicos y privados no se sienten, hoy por hoy, representados por sus representantes, valga la paradoja. Las cuotas de afiliación son más que bajas, paupérrimas. Y la falta de respuesta ante una protesta como la del 29-S, que para muchos llega tarde, no anuncia nada bueno para el futuro de estas organizaciones tal y como hoy existen. Con el peligro que eso entraña para la defensa de los derechos laborales.

Huérfanos de Gobierno: quien debería representar la voluntad de la mayoría de la población se ha convertido en una máquina de generar problemas. La reforma laboral no ha hecho más que torcer aún más el brazo de los "currantes". Atrás, pero que muy atrás, quedan los tiempos en que alguien entraba en una empresa de aprendiz y terminaba, décadas después, con un puesto de responsabilidad, tras las correspondientes promociones y ascensos. Uno entraba a trabajar ganando poco, lógico, pero sabía que a los dos años le harían fijo, a los cuatro podría ser jefecillo, y después seguir ascendiendo escalones, a base de tesón y dedicación. Ahora, los jóvenes entran con un contrato de becario y saben que su futuro se reduce al tiempo que la ley autorice a la empresa a mantener este compromiso. Y ni un día más. Una huída hacia adelante en la que muchos no encuentran la salida. Mientras, por el otro extremo del segmento laboral, quien cumple los 50 empieza a tentarse la ropa, porque si hay algo más difícil que encontrar una aguja en un pajar es hallar un empleado de más de 55 en una empresa privada actual. Se amenaza con prolongar la edad de jubilación -lo dicho, afortunados los que llegan activos a los 60- y con ampliar los años cotizando para el cómputo de la pensión. O, lo que es lo mismo, de dar menos a quienes ahora se baten el cobre en el mundo laboral. Y a esos mismos -a los becarios sin futuro, a los cuarentones sin esperanza, a los cincuentones al borde de la jubilación forzosa- se les exige un esfuerzo de productividad y eficacia para salir de la crisis. A cambio de nada, si tienen suerte, o de una bajada de salarios.

Porque esa es otra pata del hartazgo: las empresas. ¿Qué queda de los relojes de oro a los 50 años de servicio?¿de los premios a la productividad o a la fidelidad? Se nos habla de necesidad de adecuarnos a Europa y ser más productivos en el país con las jornadas laborales más largas de todo el Viejo Continente. ¿Y quién organiza las jornadas? se nos pide un esfuerzo salarial para ser más competitivos. ¿Y quién marca y diseña las estrategias empresariales, los trabajadores en asamblea? Me parece que no.
 
Los ciudadanos se sienten huérfanos, abandonados, incrédulos y faltos de referentes. Harán falta otros modelos sindicales, empresariales y de gobierno para que recuperemos la fe en el futuro.

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