Rafael Martínez-Simancas | Lunes 27 de septiembre de 2010
La memoria tiene esas cosas de los balones de playa, que se marcha dónde menos conviene. Esta memoria reciente de malayos y malayas nos remonta al pleistoceno medio cuando los Gil campaban por sus respetos. Fue entonces cuando se le reían las gracias en el jacuzzi, cuando se le permitía salir con unas misses detrás, cuando su mandato se extendió allende los límites de Marbella y amenazó con hacer una pinza con Ceuta, Melilla y Coin,(y planeó llegar a acuerdos con las mafias de Gibraltar).
Lo que se sienta ahora en el banquillo son los restos del saqueo, los que se pelearon en el garaje para repartir el botín. Entre ellos hay mafiosos, políticos, meretrices y bandarras. Son el ecosistema de un país llamado Malaya y que tiende a desaparecer por culpa de la crisis que todo lo fagocita. (¿Dónde está aquel concejal que jugó a dos bandas?, Carlos Fernández; jugó la primera parte del encuentro con la camiseta de los malayos y la segunda parte con el equipo de los arrepentidos).
Fueron implacables pero no impecables. Se les fue la mano con lo “ostentóreo” que decía Jesús Gil. Pero no actuaron solos, contaron con el silencio y la complicidad de empresarios y de la Junta de Andalucía que dejó que crecieran las malas hierbas sin mandar a una patrulla de inspección.
Le podemos echar todas las risas que queramos, sacar las comparaciones con Torrente y pensar que fue una cosa muy divertida pero uno de nuestros agujeros negros más profundos se cometió allí, al amparo de los chiringuitos y con la excusa de aquel agradable microclima cuya mayor virtud consistía en tapar el olor de aquellos concejales que tomaban el sol después de haber tomado la caja al asalto, (auténticos chorizos a la parrilla con un mojito en la mano y cadena de oro al cuello).
correo@rafaelmartinezsimancas.com
TEMAS RELACIONADOS: