Opinión

Cosas de políticos

Sara Medialdea | Viernes 27 de agosto de 2010
¿Quién dijo que la política es el arte de solucionar los problemas? A juzgar por lo que se ve y se intuye, estaba muy equivocado. Sólo hay que echarle un vistazo a la prensa de estas últimas semanas para saber hasta dónde puede llegar un estadista a la hora de arrimar el ascua a su sardina. Un ejemplo: el de Madrid. Los dos candidatos a las primarias se están atizando de lo lindo, y lo que empezó con sonrisas y buen rollo puede terminar como el rosario de la aurora, porque los nervios empiezan a aflorar.

Hay declaraciones tan paradójicas que a unos les harán reflexionar, y a otros indignarse. Por ejemplo, quién hace oposición a un gobierno. Ahora resulta que a Esperanza Aguirre y su rodillo aplastante le estaban haciendo críticas y denuncias durante tres años todos los dirigentes del PSM, incluidos los que tienen cargos en el Gobierno del Estado. Lástima que no se notara, y a las visitas a los pequeños pueblos de la sierra madrileña acudiera casi siempre solo el candidato Gómez.

Igual que esa oposición conjunta no se notaba en la capital, donde ha sido David Lucas el que se ha pateado, con la única compañía de sus concejales y algunos -pocos - periodistas, hasta el último rincón del barrio menos céntrico de Madrid. Y es que ya se sabe que la victoria -o la esperanza de ella- tiene muchos padres, pero la derrota es huérfana.

Luego están esa otra clase, los oportunistas de la política. Los que ya empiezan a enseñar la patita: a algún dirigente destacado he oído contar estos días el cuento de la lechera, versión electoral. "Con los votos que obtenga con mis jarritas, voy a completar los que necesita mi vecina de la granja grande para que nos abran las puertas de Leche Pascual. Eso sí, a cambio, el camión lo conduzco yo". Qué triste ¿no?, que haya quien confunda los proyectos políticos con la aritmética, y la confianza de los ciudadanos depositada en su voto con un ábaco con el que echar unas cuentas.

Nunca debería consentirse que quien cuenta sólo con el apoyo del 5 o del 10 por ciento de los votantes tenga en su mano la posibilidad de decidir quién gobierna al 90 por ciento restante. Esto podría cambiarse; los partidos lo tienen en sus manos, sobre todo los grandes, pero prefieren dejar las cosas como están por si en algún momento, con cuatro palotes, consiguen lo que los ciudadanos creen que no se merecen.

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