Opinión

¡Hogar... dulce hogar!

Pedro Fernández Vicente | Miércoles 25 de agosto de 2010
Las vacaciones siempre son una bendición, pero una cosa es el descanso anual y otra el espacio en el que disfrutamos esos días de ocio. No hay que confundir el momento  de volver al trabajo con la vuelta a casa, todavía de permiso, después de pasar jornadas agotadoras en la playa, que son copia de años anteriores y un avance del próximo.

Con el final de agosto terminan esos días de brazos caídos en el apartamento alquilado, mucho más pequeño, con iluminación escasa, sin sofá para dormir la siesta, un cuarto de baño para todos, más incómodo y que nos permite una mayor convivencia en un salón estrecho y pequeño; con una lavadora que funciona 2 de cada cuatro veces que lo intento; con un lavaplatos que despierta cierta desconfianza por aquello de “quien sabe quien lo ha utilizado antes”.

Se terminan las exposiciones al sol, largas  y tediosas jornadas para coger color, aunque terminemos negros. Ese color que nos sirve de exhibición. Bendita frase la que nos dedican los verdaderos amigos: ¡qué morenos venís!. Quizá no lo piensen, pero no hay nada como el intercambio de favores: ¡pues anda que vosotros… Vosotros sí que venís negros!. Dicho de forma remarcada que gusta más. Claro que también hay quien se calla y con su silencio deja en evidencia el motivo de las vacaciones y todos nuestros esfuerzos y sufrimientos tumbados  en demanda de clemencia al sol del Mediterráneo.

Lo importante, al regreso de la playa, es ver enseguida a todos los amigos, porque esto del moreno, cuando llegas a Madrid, se quita a la primera ducha. Ese agua madrileña tan buena y tan desinfectada es nefasta para las pretensiones de todo veraneante, recién llegado de la tumbona pública, que es la playa. Dos días después el moreno ha vuelto a su origen a esperarnos para el año que viene.

Menos mal que esas horas interminables de baños de sol y sudando la gota gorda, son el preámbulo, caso de resistir, del bien merecido aperitivo, que es el momento en que Azucena tolera una acercamiento a la sombra y al chiringuito, que ahora quieren quitar estos chicos del gobierno.  Seguro que no han pasado las penurias de un padre en la playa. Si Zapatero no fuera Presidente y fuese, como debería hacer, a la playa con sus hijas y su mujer, con las sillas, la sombrilla, el bolso con las cremas  y otros utensilios imprescindibles a lo largo de la mañana ociosa, seguro que apoyaba la idea de ampliar la nómina de esos 'oasis'  de playa y ni se le pasaba por la cabeza eliminarlos. Pero claro, como está encerrado en La Moncloa y encima cuando llegan las vacaciones la bolsa no la lleva él, pues pasa lo que pasa.

Pero a lo que íbamos, que es lo importante. Se terminan los segundos más largos del año, los minutos eternos sentados en la habitación del hotel o en la silla incómoda del apartamento, viendo una pantalla de televisión pequeña y de mala calidad, en un lugar donde no se cogen mas que algunas cadenas, que nunca coinciden con la que queremos ver.

Ya no volveremos a dar más paseos por ese mismo lugar que conocemos mejor que el salón de nuestra casa, de Madrid por supuesto, pero que repetimos todas y cada una de las noches de las dulces vacaciones de playa en busca de alguna sorpresa, que nunca se produce, porque encima,la policía impide que los inmigrantes negros, intenten vendernos relojes, gafas, bolsos y cosas de esas que no necesitamos para nada, pero que miramos con curiosidad porque, durante las vacaciones representan nuestros grandes almacenes.

Los negros de la playa deberían  estar considerados de interés público. Son los únicos que aportan novedades por aquello de que unas veces te los encuentras vendiendo mecheros y otras trasladando su tenderete a un lugar más seguro, más oculto a la mirada de los agentes.

En fin, que se terminan las horas huecas de playa para unos que son importantes para otros. Las vacaciones, que como el resto de la convivencia, despierta división de opiniones. Pero no se preocupen, el próximo año volveremos al apartamento o al hotel y a la vuelta vendremos morenos. ¡Cuánto sufrimiento!.

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