Opinión

Por la boca muere...

Sara Medialdea | Jueves 19 de agosto de 2010
Como dice el refrán, todos somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras. Y es que es más fácil equivocarse que acertar. Más cuando se está en el escaparate de la cosa pública, en que todas nuestras expresiones se miden y analizan. Y aún más cuando el que vierte las opiniones es un político... El caso de Juan Soler -Trinidad Jiménez "no es de aquí" y "suena extraña"- no es más que el último ejemplo de algo que pasa -que nadie se engañe- en todas las familias de la política.

Ejemplos hay para todos los gustos: desde aquel antiguo ministro de la UCD que hablando del aceite de colza culpaba de la enfermedad a "un bichito tan pequeño que si se cae de la mesa al suelo se mata", a otros más recientes pero no menos desafortunados. Por ejemplo, Bibiana Aído, ministra de Igualdad, hablando en un discurso de "miembros y miembras", y reforzándolo después, en unas disculpas que ahondaban en el asunto: "fue un lapsus, pero ¿por qué no?". O, por ejemplo, Pedro Castro, alcalde socialista de Getafe, arengando a sus fieles en un mitin en el que se preguntaba "¿porqué hay tanto tonto de los cojones que todavía vota a la derecha?". O ese insuperable Mariano Rajoy declarando que "mañana tengo el coñazo del desfile", en referencia al de las Fuerzas Armadas el Día de la Fiesta Nacional. Esperanza Aguirre hablaba del "hijoputa" cuya identidad nunca terminó de desvelarse. Y Jordi Sevilla le aseguraba a Rodríguez Zapatero que lo que necesitaba saber de economía lo aprendía "en dos tardes" -esto fue antes de la crisis-. Sirva el recordatorio para no hacer más sangre de la debida: Soler se ha equivocado del todo, y ha perdido perdón. A otros les pasó antes, y sin duda les pasará después. A veces, por exceso de sinceridad; a veces, por falta de neuronas.

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