Y, por fin, llegó La Paloma. Olor a churros y fritanga, casetas de verbena, chotis, buen humor y muchos claveles se dieron cita en los aledaños de la iglesia de San Pedro el Real en la víspera del día grande de la virgen del ‘pueblo’. Así vivió Madrid su fiesta más castiza.
Después de las celebraciones por
San Cayetano y
San Lorenzo, las verbenas madrileñas llegan a su fin con La Paloma. La noche del viernes, víspera de la famosa
'bajada del cuadro' de la virgen, vivió el espíritu festivo que caracteriza a los madrileños, naturales y de adopción.
Al caer el sol, las calles de Calatrava y La Paloma hicieron la función de escenario por el que desfilaban chulapos y chulapas de avanzada edad. ¿El motivo? Un
concurso de chotis para mayores, la danza por excelencia de la capital que ha resistido como pocas el paso del tiempo. El certamen, organizado por las asociaciones Barrio de la Fuentecilla, Yemayá y Empresarios de Hostelería La Paloma, reunió a numerosas parejas que no dudaron en saltar a la pista y demostrar a los curiosos y viandantes quién era el más 'chulo' del lugar.
Al finalizar el baile, los mismos participantes acudieron, ya que se habían engalonado para la ocasión, al concurso de
trajes típicos regionales. Mantones de manila, vestidos de lunares hasta los pies, pañuelos y tacones para ellas; parpusas (gorras) de cuadros, chalecos, pantalones oscuros ajustados y botines para ellos. Claveles para ambos. Ningún detalle se escapaba de unos atuendos que atraían miradas y fotografías de la muchedumbre, muy implicada en la celebración.
Y es que, a pesar de la prohibición de este año de la instalación de
barras callejeras en la
Cava Alta y la
Cava Baja -dos de las vías más concurridas-, las ganas de pasarlo bien se palpaban en el ambiente. Un concurso de
zancudos, proyección de fotografías antiguas, campeonatos de mus y de tortillas de patatas son solo algunas de las
actividades en las que pudieron participar los visitantes.
Pero si algo se echó en falta, sin duda, fue la tradicional música de los
organillos. Su alto precio a la hora de alquilarlos -150 euros al día- hace que cada vez sea más difícil su contratación. Parece que la crisis ha hecho mella también en este castizo instrumento y
Los Nardos y
Los Clavelitos suenan cada vez menos en las fiestas. Sólo un organillo se escuchaba, desde las siete de la tarde, en el
bar Muñiz de la calle de Calatrava.
Lo que sí que se oía era algún
chotis grabado, flamenco, pop, rock, salsa, bachata y hasta
reggeaton. Los 'nuevos madrileños' han dado un toque de color a las fiestas de una virgen que, aunque no sea la patrona oficial de la ciudad -puesto que ocupa
La Almudena-, sí que ocupa un lugar destacado en el corazón de los chulapos.