Enrique Villalba | Jueves 05 de agosto de 2010
Perdonen que incordie en etapa estival con una tribuna. Es tiempo de relax, a pesar de que los políticos cuelen con agostidad y alevosía algunas de sus tropelías. Solo voy a contar una fábula sobre periodistas.
Éranse una vez cincuenta periodistas que acudieron a un doble acto de prensa un día de verano al que estaban convocados un ministro, un alcalde y un músico. Los tres se creían el centro de atención. El músico interpretaría el principal concierto del verano. El alcalde iba a presentar uno de los grandes proyectos culturales con los que pretendía catapultar su ciudad a la vanguardia mundial. El ministro pasaba por allí para dárselas de paganini y de amigo del Paganini de turno.
El músico se retrasó, consciente de que iba a ser portada en todas las secciones culturales de los medios de comunicación. Periodistas y gráficos apretaban los dientes ante su parsimonia porque no llegaban a sus respectivas redacciones para preparar las noticias correspondientes y ofrecérselas a su público. La falta de respeto a la hora de convocatoria por parte de los individuos noticiables se había convertido en el pan suyo de cada día. El alcalde se frotaba las manos con su contenedor cultural y lo que iba a significar para la ciudad.
Sin embargo, fue el ministro el que se llevó todos los flashes. La política relegaba a la cultura a un segundo plano. Mal negocio. Él mismo había roto la baraja informativa a primera hora respondiendo en exclusiva a un medio sobre las miserias de su partido. Había anunciado por comunicado y con un día de antelación que atendería a los medios en los actos antes comentados. Pasaron los minutos y los actos. Pero, de retrasar su comparecencia ante la prensa, se llegó en el último momento a un "no hay preguntas".
Los periodistas pensaban, más bien, que no había respuestas. Por eso, preguntaron a su jauría de asesores si era una broma. Parecía ser que no lo era. Toda la prensa se interesaba por la noticia del día y el señor de la cartera estatal solo hablaba a su cadena amiga. Quería canalizar su única respuesta en aguas mansas. "Sabéis que siempre responde, pero hoy no", contestaban sus acólitos. Por desgracia para ellos, los periodistas, que iban más que justos de tiempo y habían tenido que soportar actos que quizás no les importaban, se plantaron. Ya estaban cansados de que los protagonistas apelasen cada vez que les convenía a su aparente cercanía o a pactos con la prensa para elegir cuándo tenían algo que decir, en vez de hablar cuando tenían que hablar.
Así que si la baraja estaba rota y no había reglas, no había reglas para nadie. El ministro hablaría. Por lo menos, para decir que no tenía nada que decir a los españoles que no consumían los productos de su cadena amiga. Estaba en su derecho de no decir nada... delante de la cámara. Pero hablar iba en su empleo y lo que tenía que decir podía tener trascendencia para los ciudadanos. Todos se arremolinaron a su alrededor y le asaetearon a preguntas. El ministro habló lo que quiso, como debía ser, aunque hizo ademanes de largarse cuando no le gustó lo que escuchaba. Al final, los periodistas se fueron satisfechos aunque no felices porque a nadie le gustaba tener que enfadarse para conseguir que las cosas se hicieran correctamente. Comieron perdices los que pudieron y llegaron a tiempo para comer. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Moraleja: la obligación del político es dar la cara cuando se producen los problemas. La del periodista, dar parte a la sociedad inmediatamente sobre lo que hacen sus políticos. Si el político elige cuándo habla y de qué habla, el periodista no contará las cosas que ocurren, sino las que el político quiere que se sepan. Y si el periodista consigue que el político hable cuando tiene que hablar y de lo que tiene que hablar, este no estará contento porque, a lo mejor, tiene que contar cosas que los ciudadanos tienen que saber para estar bien informados.
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