Opinión

Lo que el deporte ha unido...

Ángel del Río | Lunes 12 de julio de 2010
LO QUE EL DEPORTE HA UNIDO…

Llegaron a Madrid los héroes de la campaña de Sudáfrica, esos que ha escrito otra página brillante en la historia de España, no sólo en el deporte, sino en la historia general, porque el fútbol se ha evidenciado como algo más que el deporte rey, es un sentimiento unánime, una moción compartida, un todo en uno que salva distancias ideológicas e incomprensiones ancestrales. Algo tiene el fútbol cuando se bendice con banderas de una España donde no siempre su enseña nacional ha sido bien vista en algunas latitudes. Nunca como el domingo habíamos visto un sentimiento nacional más fehaciente e inequívoco. No era sólo pasión por el deporte, ni siquiera devoción por el fútbol, porque los que no son ni se sienten deportistas, ni siquiera futboleros, fueron parte de un mismo sentimiento emocionado donde se lanzaba el grito de España en una demostración ante el mundo de que las cosas que importan, que llegan, que nos emocionan, no conocen fronteras.

Zapatero recibió a la delegación española, a la roja, el domingo azul, en otro partido blanca, a los campeones del mundo. Le presumo al presidente del gobierno no del todo satisfecho. Por la victoria, sí, pero doliente por no haber estado allí, en el lugar de los hechos, cuando Iker Casillas levantaba la copa de campeones. Le presumo arrepentido de no haber acudido para participar de ese baño de multitudes en el que se podía haber lavado parte de su imagen en el mundo. Lo que hubiera disfrutado ZP en el palco, rodeado de personalidades, abrazando a diestro y siniestro, más a siniestro que a diestro, junto a la copa que nos proclama líderes mundiales. ¡Líderes mundiales!, señor Zapatero, líderes de verdad, de pensamiento, palabra y obra. Lo que hubiera sido la difusión de su imagen por todas las televisiones del mundo, algo que no ha estado al alcance de ningún presidente español en toda la historia, y usted aquí, en su casa de la Moncloa, con cervecitas y aceitunas. Qué gran oportunidad perdida.

Pero, eso sí, usted dio ejemplo de lo que significa sacrificarse por la causa, por la otra España que, desgraciadamente no es campeona de nada. Usted y su responsabilidad innegable y fuera de toda duda. Esa responsabilidad que le llevó a quedarse en la Moncloa viendo el partido por la tele, porque el guión de la responsabilidad así lo exigía; porque estaba usted preparando un encuentro importante: el debate sobre el estado de la nación, donde la victoria final no está tan clara, donde hay que competir con ideas y palabras, y aquí es donde se ven la auténticas carencias de unos políticos, que vestidos con la camiseta nacional o con otras periféricas, juegan a la defensiva, se cierran en banda, despejan balones como pueden, destruyen el juego en vez de hacerlo bonito, se comportan a veces de forma violenta en el verbo y no hay árbitros que les enseñen tarjetas, porque ellos son, ustedes, juez y parte, y al final los aficionados se marchan aburridos, con la sensación de que les han tomado el pelo y timado el dinero. Lo que el deporte ha unido, que no lo separen los hombres de la política.

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