Opinión

Banderas

Sara Medialdea | Jueves 01 de julio de 2010
Aunque el tópico dice que el opio del pueblo es la religión, en los tiempos que corren no cabe duda de que es el fútbol: igual sirve para distraer de una crisis como para despistar de una reforma laboral que guillotina derechos consolidados. Pero en este caso, hay que reconocerle otro mérito a "la roja", además del de elevar la moral del conjunto de la población (al menos, hasta la fecha): este grupo de chavales, cada uno de su padre y de su madre -los hay que juegan en el Real Madrid, en el Barça, en el Athletic de Bilbao...- ha conseguido lo que 25 años después de la transición nadie había logrado, ni por la izquierda ni por la derecha: que los españoles amen su bandera, que la luzcan, que se envuelvan con ella.

Hay ahora, hoy, nada más salir de su casa o de su lugar de trabajo seguro que las ve, decenas de enseñas nacionales en los balcones, asomadas a las ventanas, colgando entre tiestos de geranios, asomando por las verjas de las terrazas, atadas a las antenas de los taxis... Toda una generación de jóvenes, que no quieren saber nada de política y a la que eso de la memoria histórica les suena a película en blanco y negro, se pinta los colores de la bandera en la cara o se planta camisetas con la palabra "ESPAÑA" estampada en mayúsculas. Y canta, orgullosa, "yo soy español, español, español". Las ventas de banderas se han multiplicado por mil: los periódicos las regalan como promoción, y las tiendas de los chinos hacen su agosto con la enseña.

Hubo un tiempo en que este país seguía partido en dos. En que los azules y los rojos, las izquierdas y las derechas, los ricos y los pobres, "los nuestros" y "los de la cáscara amarga", la bandera bicolor y la tricolor -esta última sólo en el corazón- convivían pero no se mezclaban. La bandera era un elemento más de separación: para algunos, resultaba "sospechoso" ver a alguien con un reloj cuya correa lucía los colores patrios; y enseñar la bandera en un balcón era algo que no pasaba ni el 12 de octubre. Algún periódico como El País, adalid de la progresía, hizo intentos por cambiar esto, cuando regaló banderas para celebrar el Día de la Constitución. Pero fueron intentos más bien frustrados. Llegó 2008 y los chicos de la Selección Española se trajeron la Eurocopa desde Insbruck al grito de "¡Podemos!". Y pudieron. Desde entonces, la bandera es parte de la fiesta. Ahora, con el Mundial de Fútbol, se nos ha pasado definitivamente la vergüenza por lucirla. Nuestros hijos, de hecho, ni siquiera entienden de qué les hablamos cuando les contamos que aquí hubo una guerra con dos banderas distintas. Lo que no han conseguido ni los 30 años de transición ni los discursos políticos o ideológicos lo ha logrado el fútbol. Bienvenido sea.

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