Pedro Montoliú | Lunes 28 de junio de 2010
El Museo del Prado ha abierto el pasado día 22 una de sus grandes exposiciones temporales, en este caso dedicada a J.M.W. Turner (1775-1851), uno de los principales pintores ingleses y uno de los que más se inspiraron en la historia del Arte para desarrollar su obra. No es extraño que la exposición se titule 'Turner y los maestros' pues este personaje estuvo sesenta años empeñado en rivalizar con cuanto artista triunfaba en Londres, ya fuera del siglo anterior como Claudio de Lorena o Rembrandt como de su tiempo como Constable o Gainsbororough.
Turner, que ya desde sus inicios demostró su maestría sobre las perspectiva, de la que llegaría a ser profesor, la arquitectura y, sobre todo del paisaje, podría haber pasado a la historia del Arte sólo por su dominio de estos campos pero, tal como se desprende de la magnífica exposición del Prado, quiso batirse con una selección de "los maestros" en todas sus especialidades -marinas, batallas, escenas costumbristas, etcétera) a caballo entre la mera competitividad y el deseo de ganar más dinero por el sistema de amoldar su estilo a los temas que en cada momento demandaba el público.
Así, si se ponían de moda las obras de Canaletto, Turner centraba su actividad en los paisejes de Venecia; si lo que primaba en el paisaje clasicista francés protagonizado por pìntores de mediados del XVII como Claudio de Lorena o Poussin, Turner se lanzaba a pintar cuadros en los que la composición original, trastocada, le servía para desplegar su propia visión de la misma escena eso sí reforzada por su exquisito tratamiento de la atmósfera.
Lamentablemente no siempre acertó e incluso alguna obra desmerece del resto, a lo que se sumaron las críticas de sus coetáneos por sus pretensiones ególatras con las que buscaba ser un número uno en todo cuanto hacía. La sucesión de comparaciones permite ver esa ambivalencia. Era capaz de superar al artista en el que se inspiraba cuando se trataba de un paisaje, de una marina, de un bosque y no estar a la altura del inspirador cuando el peso específico del cuadro residía en la figura humana. Y, sin embargo, estos fallos quedaron paliados de sobra por su dominio del cromatismo puesto de manifiesto en una espectacular puesta de sol o un mar embravecido.
De todo ello da fe la magnífica exposición del Prado que se puede ver hasta el 19 de septiembre, en la que se ha sabido plasmar esta singular rivalidad de un genio con el resto gracias a la comparación entre las obras originales y las versiones que de ellas hizo Turner, lo que, de paso, permite a los visitantes admirar obras maestras como 'La muchacha en la ventana' de Rembrandt.
Y como en un espectáculo de fuegos artificiales, la exposición guarda para el final el mejor Turner. Ese mismo artista, empeñado a lo largo de su vida en compararse y ser comparado, alcanzó en sus últimos años el dominio más absoluto del color y la luz, libres ya de ataduras. "La atmósfera es mi estilo", llegó a proclamar este artista cuyos cuadros, 'Paz-Sepelio en el mar' y 'La tormenta de nieve', son, sin duda exponentes de esa libertad que iba a ser precursora de un nuevo movimiento artístico.
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