Sara Medialdea | Martes 22 de junio de 2010
Una encuesta de la Universidad Camilo José Cela, realizada entre jóvenes de entre 14 y 20 años (vamos, de la tontolescencia a la primera juventud), desvela datos curiosos sobre su relación con los políticos. Un 66 por ciento dicen tener sentimientos negativos hacia Berlusconi; a un 56,2 por ciento les ocurre igual pero con Rodríguez Zapatero; al 50 por ciento les gusta Sarkozy, y tres de cada cuatro no saben quién es Javier Solana.
Como dijo Jack el destripador, vayamos por partes: lo primero que no me cuadra nada es que les suenen siquiera estos nombres. Prueben a preguntar a cualquier imberbe de los que se cruzan en el Metro o en un parque qué régimen político hay en España, o cuáles son los tres poderes del Estado. A Berlusconi puede que le conozcan por lo que sale en los programas del corazón. Y lo de Sarkozy sólo me lo explico por el "efecto Carla Bruni". Que no sepan quién es Solana no me extraña en absoluto: ni les importa la política -en términos generales-, ni se interesan por nadie que no salga en "Física o Química". No hace mucho escuché en una emisora de radio cómo una jovencita, a la que preguntaban quién era Franco, respondía que era "uno de los hermanos Reyes", en referencia al protagonista de un serial televisivo.
Ya sé que los tópicos siempre son injustos. Pero también es cierto que el desinterés de los chavales por la cosa pública es extremo. Bien es verdad que los políticos se han ganado a pulso su escasa credibilidad; hasta han conseguido desencantar a una generación que, precisamente por crecer en medio de una dictadura, despertó a la democracia con un entusiasmo desmedido. Pero los chavales deberían aprender, cuanto antes mejor, que la política está en todo lo que hacemos, desde las noticias que recibimos -si nos llegan- cuando nos levantamos, a los contratos que nos hacen, los sueldos que ganamos, los servicios públicos que tenemos o nuestro acceso a la vivienda. Dejarla de lado como si no fuera con nosotros es suicida.
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