Madrid

Un hospital para los juguetes rotos

Susana Pérez | Jueves 24 de junio de 2010
Un céntrico lugar de Madrid lleva tres generaciones reparando ilusiones y sueños. Se trata de un 'quirófano' al que llegan muñecos y juguetes dispuestos a ponerse en manos del doctor Bolívar, quien les devolverá de nuevo a la vida.

En un rincón de este particular hospital los 'pacientes' aguardan su turno para ser atendidos. No existen listas de espera, a pesar de que es el único sitio especializado en este tipo de 'tratamientos médicos', regentado por una familia de expertos doctores en la materia.

El nieto del fundador del Sanatorio de Muñecos, Juan Bolívar,
aprendió el oficio de su padre, quien heredó la fascinación por la reparación de juguetes de su progenitor, allá por el año 1916. "Mi abuelo era muy mañoso. Como por aquel entoces era un regalo al año, comenzó a arreglar los juguetes y así empezó todo", recuerda Juan.

Llegan a diario juguetes y muñecos realizados con todo tipo de materiales. Desde los más tradicionales, Mariquita Pérez o Juanín, hasta los más actuales, como la Nancy, el Nenuco o la Barbie; todos encuentran aquí cura a sus 'dolencias'. En un pequeño taller, un montón de cajas guardan repuestos de cabezas, piernas, brazos y ojos. "Una de las lesiones más frecuentes es la pérdida de los ojos, los niños les meten los dedos y se los hunden con frecuencia. Las piernas también se dañan con facilidad, pero esas reparaciones son sencillas. Es más complicado arreglar los muñecos antiguos porque normalmente se ha deteriorado el cartón piedra y la goma que llevan dentro se han secado con los años y se ha partido". Aún así, en este consultorio todo es posible: sustituir ojos antiguos por otros más modernos, poner pelucas de pelo natural y hasta reparar mecanismos sonoros.

Rodeado de herramientas y con esmero cuidado, Juan pone todo su empeño en dejar como nuevo cada muñeco que pasa por sus manos. "Ver la cara de ilusión cuando se entrega el juguete reparado" no se paga con dinero. Y Juan lo sabe bien, todavía recuerda "a una niña que era incapaz de dormir si no lo hacía abrazada a su muñeca de cartón piedra. Su madre traía la muñeca todas las mañanas, hacíamos el trabajo, se la dejábamos más o menos preparada y volvía por la tarde a recogerla. Así estuvo durante tres o cuatro días hasta que conseguimos repararla por completo".

Con historias así, no es de extrañar que este negocio perdure en el tiempo; aunque Juan Bolívar encabeza la tercera generación que da vida a un profesión que, poco a poco, va desapareciendo.

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