Pedro Montoliú | Viernes 18 de junio de 2010
Habían pasado tan sólo nueve días desde la brutal matanza de Atocha y un hombre, grande de espíritu, se subió a la tribuna de una Puerta del Sol atestada de gente que enmudeció ante aquel grito que a lo largo de toda la tarde, al igual que en otras ciudades de Europa, había atronado en las principales ejes de la capital: "¡No a la guerra! ¡Sí a la paz! ¡No a la ocupación! ¡Sí al derecho de vivir libres!"
El Nobel portugués, en el cierre de la marcha contra la guerra de Irak, y cuando la ovación cesó, dijo entonces algo que encogió el corazón de cuantos estábamos en aquella plaza: "Hoy por hoy, Madrid es la capital moral de Europa", en referencia a aquellos muertes tan cercanas en el espacio y el tiempo que habían sido causadas por la sinrazón. Y todos aplaudimos mientras pugnábamos por abortar una lágrima rebelde.
Saramago, aquel escritor que algunos descubrieron a raíz de una leyenda urbana basada en una supuesta equivocación de Esperanza Aguirre, era ya en 2004 una de nuestras referencias literarias. Y digo nuestras porque, primero, la literatura es universal y, luego, porque este portugués había decidido un día vivir en un pueblecito de Lanzarote. Era nuestro Nobel adoptado.
Yo le descubrí leyendo 'La balsa de piedra' y a partir de ese momento me enganchó su ironía, sus rocambolescos planteamientos, su forma de provocar que hizo que saltara la Iglesia ante un texto como 'El evangelio según Jesucristo', la angustia que provocó su 'Ensayo sobre la ceguera' o 'El hombre duplicado', sus juegos de magia con la realidad en 'Las intermitencias de la muerte'. Era capaz de convertir en literatura hasta un simple viaje de un elefante por la Europa del siglo XVI.
Y para ello utilizaba una fórmula incuestionable: entraba en el interior del ser humano para obtener la esencia de unos sentimientos que a veces se nos olvida que están ahí, que son esenciales en nuestra existencia. Entre ellos, sin duda, la tristeza de saber que un hombre crítico con la sociedad que le rodeaba ya no podrá seguir cuestionándola con sus escritos ni alzar su voz en cualquier plaza para defender un mundo mejor.
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