Luis Asúa | Miércoles 19 de mayo de 2010
En estos días parece que rebrota el debate sobre el franquismo, y le llamo debate a falta de una mejor palabra, pues es algo mucho más agresivo e inconfundiblemente hispánico que un debate.
Es una de nuestras rarezas, porque las intenciones de uno y de otros no son las habituales en un debate: aclarar posiciones o incluso en el mejor de los casos convencer a la otra parte. No. El debate del franquismo tiene un punto de agresividad, de reproche, de división que se acerca más a los palos que se daban aquellos dos mozos con las rodillas hundidas en la tierra del famoso cuadro de Goya. El debate del franquismo son palabras muy cargadas que diría un castizo. Palabras cargadas que en el 36 se llevaron a su paroxismo más tremebundo.
Este debate, llamémosle así para simplificar, tras pasar por casi todas las instituciones del estado, ha llegado incluso al ámbito local. Próximamente, el PSOE exigirá que se debata en el pleno del ayuntamiento de Madrid una condena al golpe de estado del 36.
En 2012 se cumplirán 30 años de la llegada de Felipe González al poder. En estos treinta años el PSOE habrá gobernado España durante 22 años, y el PP sólo 8 años. El desequilibrio es evidente, insólito en Europa. Para un historiador que se inspira en el materialismo dialéctico, probablemente afirmaría que tantos años de PSOE y tan pocos de PP se debe al franquismo: cuarenta años de franquismo se pagan con cuarenta años de socialismo, y así la historia, que suele compensarlo todo, dejaría las cosas tranquilas, consecuencia en fin de la estructura y la superestructura.
Uno que es más romántico y que tiende a ver los fenómenos colectivos como producto de alguna circunstancia pero sobre todo de la iniciativa y el talento de los individuos, no lo tiene tan claro. Creo que hay mucho talento político en la izquierda para hurgar en la herida del franquismo (que es una herida) de la sociedad española. Una herida que aparentemente supura por un lado, el de la izquierda; y que aparentemente avergüenza o acompleja por otro, el de la derecha.
En la Europa a la que nos gustaría parecernos, el elector suele hacer una valoración más práctica que ideológica a la hora de votar. En España por renta, por geografía, por hábitos sociales deberíamos estar en esta misma corriente, pero ahí está el franquismo para retrasar el momento de la ¿maduración? del electorado español.
En Madrid a nivel regional y local se produce un fenómeno curioso. El PP es percibido como el partido de la eficiencia, no hay duda. De ahí las amplias mayorías del PP y creciendo, según se deduce de las últimas encuestas. El PSOE trata de luchar en este terreno con el dúo Gómez/Lucas, pero la estrategia de la oposición a la gestión no funciona. Entonces se produce la vuelta a la trinchera de la Guerra Cívil pese a que estas cuestiones no parecen ser del máximo interés de los madrileños. Es decir, en Madrid la nueva derecha eficiente y moderna ha conseguido arrinconar a la nueva izquierda en el debate de la eficiencia, ¿la salida? Azuzar los viejos fantasmas, la vieja herida del franquismo. La izquierda busca con desesperación el voto ideológico frente al por ponerle un nombre, el voto de la eficiencia, de quienes valoran y en consecuencia votan al mejor gestor de la cosa pública. Esto y no otra cosa es la pelea por el centro político.
Y decía que era un fenómeno curioso, porque uno no acaba de entender el suicidio político de los máximos representantes socialistas en Madrid, los Sres. Lucas y Gómez. Dos razonablemente eficientes gestores públicos en Getafe y Parla respectivamente, que dan la imagen de eficiencia y modernidad adecuada para sobre el papel luchar contra Gallardón y Aguirre. Son dos buenos exponentes de la nueva izquierda que busca el voto basado en la gestión y en la eficiencia. Pero no hay que olvidarse que Lucas y Gómez también son clientes de la estructura federal del PSOE, y allí no prima precisamente la búsqueda del voto eficiente, mucho nos tendrían que engañar para remontar en la valoración que cada vez más españoles tienen de la gestión del gobierno de Zapatero, sin duda el peor de los gobiernos que hemos tenido en democracia.
No quiero pensar que estos cantos hacia arriba, puedan propulsar a Gómez y a Lucas hacia ministerios parecidos a los que ahora gozan los antiguos y notorios derrotados en Madrid: Trinidad Jiménez y Miguel Sebastián. En tal caso y parafraseando una intervención reciente de David Lucas en el Pleno del Ayuntamiento sería usar de forma abyecta a los muertos, mucho peor incluso que reírse de ellos como él mismo nos acusaba.
Zapatero amenaza ahora con traer a las Cortes algunas leyes que son verdaderas cortinas de humo. Hay que recordar que nos pasamos prácticamente toda la legislatura pasada hablando de la condición sexual de los españoles, algo muy respetable aunque no creo que sea lo más crucial para nuestro país. Ahora amenazan con un final de fiesta o de legislatura en el que se hablará más de laicidad, igualdad de trato, símbolos religiosos y como no de Franco Franco Franco. Nos estamos volviendo otra vez una extravagancia en Europa; un triste destino para un país que está demasiado cerca de la bancarrota.
Luis Asúa.
Concejal presidente del distrito de Retiro.
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