Opinión

San Isidro multitudinario

Ángel del Río | Lunes 17 de mayo de 2010
Pasó el santo patrón por Madrid sacando a la calle a todos los madrileños y a los llegados de fuera, llamados un día “isidros” y ahora turistas. La jornada del sábado, día de San Isidro, fue espectacular desde primeras horas de la mañana hasta bien entrada la madrugada del lunes y dibujó una estampa realista del dinamismo y la vitalidad que en estos momentos tiene una ciudad como Madrid, por encima de la crisis y otras circunstancias angustiosas.

Madrugó el alcalde para visitar la pradera del santo, antes de que se abriera la fuente de la ermita y casi antes de que las agrupaciones castizas empezaran a extender sus mantas. Pensó que, a quien madruga, el patrón le ayuda, y estamos tan necesitados de esa mano de santo que este año San Isidro se habrá marchado cargado de peticiones.

Impresionante aspecto de la colegiata de la calle de Toledo, con motivo de la misa solemne del patrón, oficiada por el cardenal Rouco Varela. Después, el billantísimo acto de la entrega de medallas de Madrid a Luz Casal, Antonio López, Caja Madrid y la duquesa de Alba, en el espléndido marco del patio acristalado del Palacio de Correos.

Volviendo de nuevo a la pradera de San Isidro, por la mañana estuvo hasta arriba de manolos y chulapas, de castizos de rompe y rasga, agrupados en asociaciones o por su cuenta, con la espectacularidad de un paisaje goyesco revitalizado en la modernidad. Por la tarde, la pradera era otra cosa, ya ausentes las agrupaciones castizas para asistir a la procesión del patrón, la pradera era un paisaje abarrotado de gente, impresionante, como nunca lo había visto, un gentío que hacía muy difícil la movilidad, un auténtica muchedumbre en dos zonas muy definidas: en lo alto del parque, donde estaban las atracciones de la feria, un mosaico de nacionalidades, una muestra de lo que es el fenómeno de la inmigración en Madrid, sobre todo de ciudadanos latinoamericanos, con sus negocios ambulantes, dudosamente legal, de productos perecederos perceptiblemente sin muchas garantías sanitarias, con sus barbacoas y su “destilerías” de mojito. En una zona del parque, el territorio para la juventud, una especie de quedada para convertir buena parte de la pradera en zona libre de botellón, y en la ladera del parque, en los alrededores de la ermita, los chiringuitos, los puestos de loza y cacharrería, los de rosquillas del santo, tontas listas y más variedades, y el gentío, la concentración humana en su máxima expresión.

En lontananza, tras la panorámica de la cornisa y como telón de fondo que componen el Palacio Real, La Almudena y San Francisco el Grande, se adivinaba a la centenaria Gran Vía metida en conciertos, en apreturas, en música, en un auténtico bullicio. La vieja Gran Vía y todo el centro de Madrid. Madrid entero en la calle, sacudido por la música, la tradición, el ambiente bullanguero de San Isidro. A pesar de todos los pesares el sábado esta ciudad demostró que sigue siendo vital, dinámica, divertida, y al menos por un día, se olvidó de la crisis.

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