Opinión

Sindicalistas en el banquillo

Javier López | Viernes 14 de mayo de 2010
Es cuento triste, pero no único. Muy al contrario, es un cuento que se repite con diferentes protagonistas, pero con la misma o parecida trama argumental.

Veamos si sé contaros el cuento y despertar vuestra curiosidad, vuestro interés y, si fuera posible, vuestra rebeldía y vuestra rabia. Vuestras ganas inmensas de cambiar una vida tan dura y tan triste. 

Vamos allá. Una mujer, de origen rumano, aunque este no sea un dato más relevante para el caso, que ser de origen ecuatoriano, ucraniano, marroquí, o española. Baste decir, por tanto, que era una mujer nacida en otro país y que vino a Madrid a trabajar, porque el trabajo abundaba y lo encontró en una empresa de contabilidad.

Pasó el tiempo y aquella mujer, rumana, aunque esto segundo, reitero, no sea lo más relevante, se dirigió al sindicato CCOO, para quejarse del trato vejatorio y humillante que recibía por parte del responsable de la empresa. Un trato constante, reiterado, incansable, hasta el momento en que se produjo una agresión. La trabajadora, mujer, rumana, quiero reiterarlo, aunque no sea lo más relevante, trae en su bolso un parte de lesiones.

Si algo indigna a los sindicalistas, aún más que la vulneración de los derechos laborales, es la utilización de la violencia, contra la mujer, contra la inmigrante.  Son gentes que saben que hay que pelear las cosas en los juzgados, pero también en las empresas, en las calles, cuando el caso lo merece y éste lo merecía.

Inician el procedimiento judicial, que para eso cuentan con los mejores abogados y abogadas de Madrid, esos que se sienten los continuadores de los de Atocha. Pero, además, redactan un comunicado, lo fotocopian y se concentran ante la empresa para repartir el comunicado a los trabajadores.

Llaman a la puerta de la empresa, entran y empiezan a repartir el comunicado.  El empresario, indignado, les sale al paso y les echa con cajas destempladas.

Llama a la policía. Los policías realizan un informe, sin mayores incidencias.  Después, el empresario, presenta una denuncia por agresiones, por irrumpir en una propiedad privada, roturas, destrozos, que lógicamente no tienen nada que ver con el informe policial.

Tal vez estoy cansando y aburriendo, así que me saltaré los largos y tediosos meses y años de inquietante instrucción judicial.

Iré directamente a la conclusión y moraleja de este cuento triste. La conclusión es que siete sindicalistas se sientan en el banquillo. La Fiscalía pide 20 meses de prisión y multa de 900 euros para cada uno de ellos. El empresario se jacta ante el juez de que estos trabajadores, estos sindicalistas, se han extralimitado y han vulnerado claramente el Fuero de los Españoles, es decir la legislación franquista.

Si estos sindicalistas son condenados, efectivamente, estaremos ante lo más parecido a la reedición de una sentencia franquista del Tribunal de Orden Público. Una de esas que llevaba a la cárcel  a quienes defendían  derechos laborales y sociales y pedían libertad para hacerlo.

La moraleja es la siguiente: No te compliques la vida defendiendo a un trabajador, menos aún si es trabajadora y aún menos si es rumana, aunque esto último, reitero, no debería ser lo más relevante. Otra moraleja, la propiedad privada no puede ser invadida, no debe ser violada, las personas, sí, o no, o sí. Depende.

Sin embargo, deberían ir aprendiendo algunos, que existen hombres y mujeres que lo seguirán haciendo, aún bajo la amenaza de ir a la cárcel y aún desde la cárcel misma.

Cuesta mucho dar el paso, invierten mucho  en formación, cuesta romper la lógica del egoísmo para formarse en la lógica de la libertad y la solidaridad.  Pero ellos, los sindicalistas, trajeron la libertad y la defienden cada día. Por más que les duela al "Partido de los Tertulianos" con sede central en Telemadrid.

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