Pedro Fernández Vicente | Miércoles 28 de abril de 2010
No quisiera que el texto que sigue a estas líneas y que conforma un sentimiento y una forma de enfocar las vicisitudes del tráfico diario, pueda parecer demagogia o confundirse con una respuesta personal a un incidente puntual o cualquier otra frivolidad. Nada más lejos de la realidad. Mi relación laboral inicial con el mundo del automóvil y con la Seguridad Vial posteriormente, condicionan mi punto de vista siempre a favor de mantener una serie de garantías para preservar la vida de los conductores y sus acompañantes. Creo que extender un principio de autoridad capaz de concienciar a cada uno de los automovilistas de la importancia de conducir despacio y en perfectas condiciones físicas, es uno de los aciertos del actual Ministro del Interior, que se ha lanzado a poner en marcha el carné por puntos, que tantas víctimas está evitando.
Una iniciativa, la de los puntos, que lleva mucho tiempo llamando a la puerta y que hasta ahora no había sido posible. Pero una cosa es eso y otra que nadie comprenda a los conductores, víctimas permanentes de los ajustes administrativos, de la industria del automóvil, de la falta de recursos municipales, de los créditos bancarios y, finalmente, de la comodidad de la conducción. Cada vez es más difícil conducir los coches que nos venden. Es verdad que conductores somos todos, pero se olvida en el momento en que alguien es elegido para ocupar un cargo relacionado con el tráfico.
A partir de aquí se genera un proceso de intereses que finaliza con decisiones drásticas, que siempre afectan a los conductores en forma de impuestos o multas, que son lo mismo pero disfrazadas. Me refiero esencialmente a los ayuntamientos, los grandes beneficiados de la presión puesta en marcha para mejorar la seguridad en las carreteras. Los accidentes mortales se han reducido y las victimas también, pero no gracias a los radares y las sanciones de los ayuntamientos. Hay menos muertos en el asfalto porque las restricciones del carné por puntos y la eficacia de su entrada en vigor, lo han conseguido, pero nada tiene que ver con la tormenta de multas que amenaza cotidianamente a los dueños de algún tipo de vehículo. Al olor de la seguridad, los ayuntamientos voraces y deseosos de conseguir mejores rendimientos económicos, se han colocado bajo el paraguas de los radares, en el interior de la ciudad, que no sirven para salvar a nadie, pero se han convertido en un remedio para la hucha del alcalde de turno.
Están convirtiendo la circulación interna de las capitales en una situación incómoda. ¿Hay, realmente, una diferencia objetiva y fácil de percibir entre circular a 90 o hacerlo a 101, por la M-30, sin fijar la mirada en el cuadro de mandos?. ¿Se percibe sin dificultad una velocidad de 62 por la Castellana madrileña, donde la limitación es de 50?. Es cierto que la norma circulatoria marca como velocidad máxima 90 y 50, respectivamente, pero para evitar el error permanente es preciso conducir con la mirada puesta en el panel de mandos y no en el asfalto. De lo contrario con los coches que conducimos a estas alturas del siglo XXI, la percepción nos lleva a cometer infracciones con demasiada frecuencia. Con tanta que se convierten en un abuso. ¿Es preciso hacerlo así?. ¿Esos pequeños errores ponen en riesgo vidas humanas?. ¿La administración no comete errores?. ¿Realmente es una amenaza sobrepasar los 50 Km/h por la castellana en un momento determinado? . Quizá no, pero viene muy bien a las arcas.
Pero más allá de eso, convendría abrir un debate sobre esas cuestiones y los límites de velocidad. Una norma circulatoria que entró en vigor en 1981, cuando conducíamos otros coches muy distintos y por unas carreteras, calles y avenidas, muy diferentes a las de hoy. Sin embargo la norma permanece intacta. Unos límites que se pusieron para frenar la accidentalidad de los SEAT 600, de los 127 y vehículos con sistemas de seguridad muy antiguos, deberían dar paso, al menos, a una reflexión en toda Europa.
¿Es mucho pedir una revisión de las velocidades dentro de la ciudad? Y otra cosa: ¿Nadie está interesado en hacer un poco más cómoda la vida de los conductores?.
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