Opinión

El cartel de Cano

Rafael Martínez-Simancas | Martes 27 de abril de 2010
José María Cano pinta, (ya “pintaba” mucho en la canción pop), pero además de “pintar” en la Ópera se ha dispuesto a pintar carteles de toros, como el de este año de San Isidro. Un grabado en el que dos alguacilillos se presentan en el ruedo con el anuncio de que va a empezar la función. Los toros son rito en estado puro, siempre ocurre lo mismo todas las tardes, siempre hay dos hombres de negro a caballo que despejan la plaza y le dan tiempo al guiri para subir por el tendido mientras una mujer reparte claveles entre solapas, (ese murmullo previo de la plaza que le es tan propio). Luego timbales y más tarde el toro que es un género literario además de un enemigo íntimo del hombre.

Todos los artistas españoles se han fijado en los toros, desde aquel anónimo paisano de Altamira a Picasso pasando por Goya que los congeló en un aguafuerte. Quevedo hablaba de “el zurdo alanceador” que debía ser un torero de izquierdas como Morante. Supongo que para entendernos mejor hay que acercarse a los cuernos, a esa algarabía tan irracional como soberbia en la que todas las tardes se muere o se triunfa.

Con José María Cano “la movida” llega a Las Ventas en el año de los BIC, (en referencia a los toros que son de “punta fina”). Es el cartel del hijo de un novillero que se hizo famoso, que actuó en Las Ventas con “Mecano”, y que vuelve para dejar constancia de su arte. Hasta el momento el único Cano de los toros es el fotógrafo de la gorra blanca que siempre está en el callejón, el veterano octogenario que siguió a Manolete hasta Linares. Antes hubo otro Cano, en este caso Manolo, ya fallecido y que durante años se encargó de la gestión de la Plaza igual que antes había sido apoderado de Pepe Gallego, “El Pireo”. Manolo Cano, querido y amigo, un cordobés que fumaba Montecristo nº 4 en cualquier ocasión.

Lo suyo es que José Tomás se recupere a tiempo y pueda ver el cartel de cerca, supongo que en cuanto le terminen de taponar la arteria y le conecten las venas sueltas como madeja en manos de un loco. José María Cano podría hacer con José Tomás una Ópera pero antes tendría que pactar con él cómo quiere que sea el final. De este cartel se puede afirmar lo que dijo Gerardo Diego de Antonio Ordóñez: “la luz cimbrea”.

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