Rafael Martínez-Simancas | Lunes 19 de abril de 2010
No sé a quién se le ocurrió pero el calificativo de “terminal” le viene a un aeropuerto que ni pintado. Terminal en cuanto a sus esperas, a sus pocas explicaciones, a la mala suerte de perder una maleta, a encontrar un asiento decente, a poder echar una cabezada sobre la maleta. Y cuando un volcán se dispara en Islandia entonces todos los aeropuertos, no sólo el de Barajas, se convierten en “terminales” por lo que tienen de residuos humanos a la caza de una solución de urgencia.
Este fin de semana Barajas se ha convertido en punto negro de vuelos saturados. Los más avispados se hicieron con coches de alquiler hasta que se terminaron las flotas, otros intentaron convencer a los taxistas para que hicieran carreras de muy larga distancia.
Los aeropuertos, que están hechos para volar, se convierten en lugares absurdos cuando no despegan los aviones. Será por aquello del mundo global o porque nada de lo que le pasa a otro hombre nos resulta ajeno. Hubiera sido un caos sí todos los taxistas de Madrid nos hubieran abandonado para llevar a viajeros a su punto de destino. Hubiera sido muy curioso llamar a un taxi y que te respondieran que el más cerca estaba en Moscú y, que por favor, esperaras un rato en el portal a que llegara.
El lío se deshace por sí mismo porque pertenece al orden que tiene el caos, pero no tanto porque la autoridad haya tomado cartas en el asunto. No hay autoridad que valga cuando un volcán se manifiesta, José Blanco no ha salido este fin de semana para aportar soluciones. Dicen que la nube de polvo estará durante un tiempo flotando en la atmósfera, supongo que terminará cayendo y entonces respiraremos virutas de lava fría. No es que resulte peligrosa pero sí estornudas igual le rompes el cristal de las gafas al presentador del Telediario, (así somos de interactivos).
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