Opinión

La duquesa dorada

Enrique Villalba | Viernes 16 de abril de 2010

La duquesa de Alba va a ser galardonada con la Medalla de Oro del Ayuntamiento de Madrid. Le acompañan en el premio Luz Casal, Caja Madrid y Antonio López. Todos los años el dichoso obsequio de la ciudad tiene morbo por los afortunados que los reciben.

En 2009 Ruiz-Gallardón reventó las medallas llevándose a lo mejor de lo mejor. Aparte de las apuestas mediáticas seguras (Raúl González, Joaquín Sabina y José Tomás), propuso como melómano muy entendido a Paloma O´Shea, pianista consumada, promotora de la Escuela Superior de Música Reina Sofía, del Instituto Internacional de Música de Cámara de Madrid y de la Fundación Albéniz -bisabuelo del alcalde-, y esposa de Emilio Botín. En principio, no había nada que objetar.

Sin embargo, este año se le ha visto el plumero. Entre los merecidos premios de Luz Casal (artista de primera muy querida por el público) y Antonio López (galardón casi obligado a este "notario" de la actual Gran Vía), se han colado Caja Madrid y la duquesa. Nadie dice que no se lo hayan ganado a pulso, pero da la impresión de que las medallas se han convertido en un instrumento político más que en un verdadero reconocimiento de la administración que representa a los ciudadanos de Madrid a determinadas personas e instituciones. Si se hiciera un referéndum sobre el tema, posiblemente ninguno de estos dos últimos premiados saldrían elegidos.

Ya puede decir el Ayuntamiento que a Caja Madrid se lo dan por su labor de servicio a los ciudadanos, y a la construcción de ese regalo en forma de horrible chirimbolo metálico móvil que se ha colocado en plaza de Castilla. Si se lee entre líneas, puede ser que el premio se le dé a un Rodrigo Rato que, se rumorea, está enfrentado con Esperanza Aguirre porque no era el candidato ideal para controlar la entidad, según los planes de la lideresa. Y en política, el enemigo del enemigo, es seguramente el amigo, aunque hay que ganárselo para la causa. El caso de la duquesa es aún más sangrante. Sobre todo, porque ya tiene otro premio de la ciudad. Van a tener que llamarla, a partir de ahora, la 'duquesa dorada'. El razonamiento en este caso es la protección del patrimonio histórico de la capital, cuando habría que hablar, en primer lugar, de la protección de su patrimonio.

Si estos premios se ganan por concurso de servicios a la ciudad, me gustaría que el alcalde se plantease darle un premio a los miles de personas que cada día tiran del carro de esta sociedad. Tengo algunos ejemplos. Un quiosquero de mi barrio lleva toda su vida ayudando a los más necesitados desde su quiosco. Ha ayudado a fundar varias ONG solidarias que actúan en Madrid, crea ante su quiosco un espacio de convivencia entre los niños del barrio para que cambien cromos todos los fines de semana y hasta cuelga poemas en vez de revistas en los laterales de su establecimiento para que los pueda leer el público. El padre de una amiga ha sido pescadero durante décadas y se ha tenido que levantar a las tres de la mañana cada día para ir a buscar el mejor producto para sus clientes a Mercamadrid. Es uno de los comerciantes de barrio que han luchado hasta el final por mantener sus pequeños comercios en marcha a pesar de la crisis y la competencia desleal  favorecidas por algunas medidas de la economía liberal que se aplica en esta región. Un oficinista que saca adelante proyectos que mejoran su entorno, el funcionario que lleva años sirviendo al público, una mujer o un hombre que trabajan y cuidan de su casa... Así hasta el infinito.

Quizás resulta raro pensar que los actos de miles de desconocidos podrían ser más valorados, sin populismos baratos, que los de la 'jet-set' de relumbrón. Sería premiar al currante sin nombre sobre la excepción afortunada. Al que se levanta a las mil y monas para trabajar sobre el que no ha madrugado en su vida. No seamos idealistas, pero tampoco seamos ingenuos. Si aplaudimos la medida, haremos la función de plebe que desean, conscientes de nuestra insignificancia. Si decimos que esos premios no valen nada, nos dirán que somos los protagonistas de 'La zorra y las uvas'. Y mientras buscamos el punto de equilibrio, el mundo sigue funcionando como siempre. 

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