Madrid

La Gran Vía sopla las velas

Enrique Villalba | Lunes 05 de abril de 2010
Y la Gran Vía sopló las velas por su centenario. Bueno, cien años y un día porque fue un 4 de abril de 1910 cuando el Rey Alfonso XIII inició la demolición de más de 300 edificios con una piqueta de plata.

Este lunes a mediodía se concentraba en el inicio de la calle, bifurcación de la de Alcalá, todo hijo de vecino matritense y más de uno y más de dos turistas. La Gran Vía parecía el centro del Universo. Hombres y mujeres vestidos de chulap@s en una estupenda mañana de primavera. En los balcones, patrones y sirvientes (vestidos de servicio) apuntaban el objetivo de sus cámaras hacia el monolito que iban a inaugurar los monarcas. Los obreros de un inmueble en rehabilitación colaban sus cabezas por los huecos que daban a la calle para ver qué estaba pasando. Trabajadores de oficinas se pegaban a los cristales de sus comercios como maniquíes en busca de una mirada real.

La Banda Municipal afinaba sus instrumentos y se disponía a tocar la pieza musical en honor del 2 de mayo, aunque adaptada. Un espontáneo mandaba callar al Rey mediante un cartel criticando su afición a la caza y a los toros. Los periodistas se agolpaban en un minúsculo escalón junto al monolito donde aguardaba la placa. El milímetro de espacio se cotizaba en Bolsa, y las pegatinas de acreditación para la prensa se acabaron rápido. Los políticos se colocaron en formación junto a otros poderes (empresarios, sindicatos, Iglesia, Ejército...) para dar la bienvenida real.

Regate a los Reyes
Alberto Ruiz-Gallardón y sus delegados, y José Blanco formaron el comité principal de bienvenida. Tras los apretones de manos pertinentes, el alcalde explicaba a Don Juan Carlos el comienzo de la obra y la historia de la piqueta. Los fotorreporteros y camarógrafos abrieron fuego y el regidor se dio cuenta que ocupaba el centro de la imagen. En un tris-tras hizo el regate a los monarcas y se colocó en su sitio pidiendo disculpas. Un examen del relieve de la placa después, los monarcas hacían un breve paseíllo de unos cien metros saludando a la concurrencia (el Rey, que andaba con dificultad, no estaba para muchos más trotes).

Luego al coche (el alcalde ya llevaba un rato en el suyo) y a La Casa del Libro, donde se dieron su garbeo particular. Los responsables les obsequiaron con un volumen que incluye las obras completas de Miguel Hernández, así conmemoraban también el centenario de su nacimiento. Mientras, los operarios municipales reponían en el lugar de la placa el semáforo que se había retirado para el evento.

No invitados
De allí a Gran Vía 24, sede del Área de Economía municipal. En la puerta esperaban el presidente del Congreso, José Bono; la delegada del Gobierno en Madrid, Amparo Valcarce; la presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre; y los ex alcaldes José María Álvarez del Manzano y Juan Barranco. Según se rumoreaba, los ex-regidores no habían sido invitados a la recepción. Toda la prensa entró en tromba en el salón. Parte de los plumillas se quedó a las puertas. Un cámara tuvo que ser atendido por el Samur-Protección Civil por un problema de corazón. El carril-bus de subida por Gran Vía estaba saturado de coches oficiales, y aunque el tráfico se había recuperado, la Policía, quizás por respetar la movilidad habitual de la calle, no permitía que se circulase con normalidad.

Confesiones y codazos
La jet se había congregado para hacer una recepción de copetín. Lo más de lo más de todos los ámbitos esperaban a Sus Majestades, y aparecían extraños compañeros de charla. Tomás Gómez y Monseñor Martínez Camino se hacían sus particulares confesiones (como que el último santo español canonizado por el Papa murió en un hostal de Gran Vía). Laura Valenzuela narraba pizpireta cómo presentó a Camilo Sesto en un acto como Fernando VI.

Pedro Rodríguez Ponga recibía sentado los saludos del personal. Y así casi hasta el infinito. Las variables daban para escribir varias crónicas. Los monarcas se retrasaban porque el alcalde les mostraba una exposición de fotografías cedidas por ABC con motivo del centenario. Al subir, Ruiz-Gallardón hizo su discurso promonárquico, centrándose en el apoyo de la Corona a la ciudad, con la Gran Vía como telón de fondo. Lo coronó (nunca mejor dicho) con un "¡Viva el Rey!" y una placa desplegable del mapa de la Gran Vía. El aplauso fue unánime.

Cofias y levitas
Y al bajar de la tarima comenzó de nuevo el festival de apretones de manos. El nieto de Francos Rodríguez mostraba a Juan Carlos I la piqueta de plata, Sara Montiel y sus amigas-acompañantes se hacían sitio a codazos para charlar con la reina. Las bandejas con cervezas y vinos iban, se vaciaban y venían a la velocidad del trueno. Los camareros casi no daban abasto ante la demanda de los gaznates del personal. Alguna concejala, puntillosa en cosas de igualdad, se quejaba de que las camareras llevaban cofia del siglo XIX mientras que ellos no llevaban levita. De fondo, un cuarteto de cuerda interpretaba el vals del Caballero de Gracia.

La fiesta fue perdiendo fuelle y los Reyes no esperaron al final. En otro rápido baño de masas en su salida, se despidieron al igual que vinieron: aplausos y saludos. La Gran Vía, centenaria y contenta, cerró este capítulo y abrió el que le depara el futuro. Que cumpla muchos más.

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