Rafael Martínez-Simancas | Domingo 04 de abril de 2010
Teniendo en cuenta que al madrileño le gusta hacer la vida en la calle, la Gran Vía es la historia viva del último siglo de Madrid, quizá mucho tiempo para la biografía de un hombre pero poca cosa para una calle que se ha transformado en un bazar de baratillos. Lejos atrás el glamour de los estrenos de los años cincuenta puesto que apenas quedan cines; tampoco queda el glamour del pobre que eran los almacenes Sepu, y allá dónde hubo joyerías hoy se encuentran franquicias de ropa, franquicias de teatro americano, franquicias de baratillos y franquicias de hamburgueserías. Será por la cosa del centenario pero la Gran Vía está que parece un “todo a cien”. Los estrenos son en DVD y se venden en el top manta que ha tomado las aceras como antes la ocuparon los ciegos que pregonaban el “dos iguales para hoy”.
Dice Antonio López que el encanto que tiene la Gran Vía es porque es igual que todos nosotros, fea añade, que no tiene nada de monumental, ni de grandiosas y que al contrario muestra una belleza que es de provincias con pretensiones de gran avenida. Fue asediada por las bombas de la Guerra Civil, fue Avenida de Rusia y de José Antonio Primo de Rivera, tuvo un trajín de famosos en Chicote, y de gente de mal vivir en las calles aledañas, (esos que estaban poco rato en las pensiones y que salían luego al lado contrario del portal para hacer que no conocían de nada a la chica que les había acompañado).
Sin la Gran Vía no se entendería parte de la historia de esta ciudad que quiso ser Nueva York con el rascacielos de Telefónica. Cien años vistos desde lo alto de sus tejados que son la cornisa que le salió a Madrid el día en el que decidió asfaltar lo que tenía de huerto para hacerse cosmopolita y universal.
Todo lo devora la Gran Vía: ambiciones y presentes. Igual que la postal de Franco en descapotable con Eisenhower, también los políticos de hoy serán el pasado de la Gran Vía en cuanto pasen otros cien años. Total, poca cosa para Madrid.
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