Milagros Hernández | Martes 30 de marzo de 2010
Tengo que “confesar” que a mis 10 años iba a misa todos los domingos y llevaba un negro velo sobre mi cabeza. Tengo que “confesar” que después estuve cerca de la Hijas de María en la Parroquia de Nuestra Señora de las Victorias del barrio de Tetuán. También que después me acerqué a un grupo católico que hacia programas de solidaridad al Tercer Mundo y más tarde conocí a los cristianos de base de Vallecas. Es decir, he experimentado ser creyente en momentos de normas autoritarias y gobiernos dictadores.
Pensé que con la conquista de la democracia las formas de relación en el respeto a las ideas se basaba sobre todo en aceptar que hay unas NORMAS Y CÓDIGOS basados en los derechos humanos, que DEBEN ser respetados por todos: instituciones, partidos y gobiernos. Pero la realidad es que los niveles de democracia en nuestro país son todavía muy bajos.
Se han construido aún pocos instrumentos para la defensa de los más vulnerables, seguimos con un nivel legislativo de escaso cumplimiento y con una protección social de las más bajas de la Unión Europea y si algo ha crecido es el poder decir y hacer lo que se quiera, sin apenas costes personales.
En esta situación la Iglesia nos asombra con la noticia de abusos a menores, algunos que superan lo esperado por el dolor que han traído consigo y por el número y repetición de los hechos. Y esto que ha tardado tanto en ser sacado a la luz tiene mucho que ver con la falta de democracia de la Iglesia.
Una Iglesia que utiliza el permanente proselitismo y propaganda a través de sus escuelas, de sus centros asistenciales, de los cientos de lugares de culto, de las procesiones; con un fuerte presupuesto económico y militantes activos pagados y blindados de autoridad.
Y en ese sistema de la Iglesia, su ideología y su religión, hay un espacio clandestino y secreto que funciona al margen de las leyes y las normas, que enviste de una fuerte autoridad a ciertos hombres que tienen el poder divino de perdonar y callar.
Parece medieval cuando se ve con objetividad. Un delincuente puede allí confesar un robo, un maltratador puede confesar el sufrimiento de su esposa, un sacerdote puede confesar un abuso a menores y todo se calla por el poder de Dios.
¡La Iglesia es intocable! Si sus jerarquías juzgan a otros, ¿por qué la sociedad no puede juzgar y exigir cambios?
LA CONFESIÓN, ese gran secreto, debe cuestionarse y ponerse límites. No creo que las Leyes de Dios perdonen, sólo con un rezo, el “pecado” de los hombres cuando se cometen delitos contra las personas. Ha llegado el momento del cambio.
LOS SILENCIOS SON CÓMPLICES para todos.
Milagros Hernández
Concejala de IU en el Ayuntamiento de Madrid
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