madri+d | Lunes 22 de marzo de 2010
Vicente Ortuño, profesor de la Universidad de Alcalá, encontró este ejemplar único; tiene 40 millones de años y se ha conservado fosilizado en ámbar del Báltico.
Hace unos 40 millones de años un escarabajo se posó en el tronco o en la rama de un árbol, una gota de resina transparente y pegajosa le cayó encima y se quedó atrapado para siempre. Ese trozo de resina, con el tiempo, quedó enterrado y sus moléculas se polemerizaron, a la par que perdía sus aceites esenciales. La resina se endureció y se convirtió en ámbar. Todo ello sucedió en los fondos marinos, donde ese fragmento de resina, no mucho más grande que una moneda de dos céntimos de euro, fue arrastrado por las corrientes fluviales hacia el mar Báltico. Un buen día, después de 40 millones de años, ese mismo mar tormentoso removió los taludes submarinos y volvió a arrastrar el trozo de ámbar con su escarabajo dentro, perfecto, momificado, hacia la playa.
Un buscador de ámbar lo encontró y se lo vendió a un comerciante, que lo llevó hasta un mercadillo de Madrid, donde –por fortuna– lo encontró Vicente M. Ortuño, profesor del departamento de Zoología de la Universidad de Alcalá. Ya a primera vista le pareció llamativa la perfección con que el escarabajo permanecía ahí, con sus alas y sus patas extendidas, después de 40 millones de años (aunque eso aún no lo sabía). Además, ya desde un primer momento observó que se trataba de un género muy interesante. “Yo realizo estudios de estas características y conozco los coleópteros del ámbar báltico, y me di cuenta enseguida de que no había nada parecido de aquel período geológico”, explica. Ortuño adquirió el ámbar y su huesped en una feria mineralógica de Madrid, hace tres años.
El objetivo, como tantas otras veces, era estudiarlo y ponerlo en las manos adecuadas. Es decir, depositarlo en un museo.
La investigación comenzó hace algunos meses y las conclusiones son claras: el escarabajo descubierto por Vicente Ortuño pertenece a la familia de los Carabidae y se trata de una nueva especie, nunca antes conocida en el ámbito de la investigación paleontológica.
Ortuño ha bautizado a la criatura como Calathus elpis: Elpis es la diosa de la esperanza en la mitología griega, y fue la única que quedó en la caja de Pandora cuando ésta se abrió. “De este modo, yo he querido dedicar este descubrimiento a la antropóloga y profesora de la Universidad de Alcalá, Esperanza Gutiérrez”, subraya Ortuño.
El hallazgo del Calathus elpis no sólo sirve para darle nombre y apellido, sino también para contribuir a la reconstrucción de un paleoecosistema de hace 40 millones de años. “Los bosques del Báltico eran muy umbríos y densos, pero nuestro Calathus debía vivir en un claro del bosque porque tiene unos ojos bien desarrollados y capacidad de vuelo; creemos que debía cazar a la vista. Además, tiene unas uñas muy dentadas, lo que significa que tenía una muy buena adaptación para trepar por los árboles”.
Este descubrimiento se ha publicado tanto en la edición impresa como en la electrónica del número 2239 de la revista Zootaxa. No es el primero. Ortuño ya ha publicado más de un centenar de artículos en distintas revistas de alcance. Y seguro que esperan muchos más, porque en su particular caja de Pandora todavía aguardan decenas de piezas de ámbar que contienen insectos en su interior. El escarabajo de elpis no se quedará ya en esa caja. Ortuño lo va a depositar en el Museo de Ciencias Naturales de Álava.