Sara Medialdea | Lunes 15 de marzo de 2010
“La bici es deporte, no transporte”. La frase es de un ex concejal de Tráfico del Ayuntamiento de Madrid, José Antonio García Alarilla, de los tiempos en que Álvarez del Manzano era el alcalde de la capital. Y su sentencia reflejaba el sentir popular entre los gobernantes de aquel momento. De aquellos polvos vienen los actuales lodos: aunque se reproducen las afirmaciones sobre el deseo de convertir la bicicleta en medio de locomoción en la ciudad, y aunque se repiten las aperturas de tramos de carriles-bici en distintos puntos de la capital, lo cierto es que sigue siendo muy difícil tomarse en serio el uso de la bici para ir al trabajo o a hacer una gestión al centro.
Por muchas razones: en primer lugar, faltan infraestructuras. Hay, sí, tramos sueltos, aquí y allá, la mayor parte de ellos sin conexión. Las dificultades prácticas para realizar un itinerario de, digamos, diez minutos en coche montados en una bicicleta son, en ocasiones, casi insalvables. Literalmente, hay zonas en que te juegas la vida. Y otras en que la sucesión de obstáculos –aceras sin rebaje, autovías que hay que atravesar por puentes a los que se llega tras rodeos interminables, calzadas impracticables para las bicis por la velocidad de los vehículos o porque el carril más cercano a la acera está lleno de vehículos en doble fila, etc, etc- hace incomodísimo el desplazamiento sobre dos ruedas. Eso, sin hablar de las cuestas rompepiernas que uno se encuentra en todas partes, y que –hay que reconocerlo- no son culpa del Ayuntamiento.
Pero además, falta cultura de la bici entre los conductores y los peatones. A los primeros, les molestan los ciclistas, y se lo hacen ver con pitidos, o con adelantamientos a velocidad de vértigo –al menos, así se sienten desde la fragilidad de la bicicleta-. Y a los peatones también les molesta muchas veces encontrarse a los ciclistas sobre la acera, aunque ésta sea ancha. Y también hay quien se toma el trayecto como una etapa del tour de Francia, sin reparar en que los niños tienden a cruzarse por delante sin aviso ni intermitencia previa, por ejemplo. Queda mucho para que Madrid se parezca a esas ciudades del norte de Europa donde cientos de bicicletas atraviesan cada mañana su carril, perfectamente delimitado y hasta separado físicamente del resto, con destino a sus lugares de trabajo; donde las bicicletas se aparcan en la calle sin temor a encontrarse a la vuelta sólo con la cadena y una rueda atada al árbol; donde no te pitan ni te insultan desde la prepotencia del vehículo a motor. Falta mucho, digo. Si es que algún día llegamos.
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