Pedro Fernández Vicente | Miércoles 10 de marzo de 2010
Acosados y perseguidos nos sentimos los conductores. Y no digo nada de vigilados, que también es un sentimiento común. El ayuntamiento de Madrid, bueno mejor dicho, los ayuntamientos en general, aunque yo me voy a referir al de la capital de España en particular, han aprovechado el tirón de la Dirección General de Tráfico en materia de Seguridad Vial y se han lanzado con voracidad en busca de todo tipo de infracciones de la circulación vial.
Han convertido al tráfico en un filón, una forma fácil de conseguir dinero. Una dedicación, ésta de controlar en exceso la falta de atención y de tensión de los conductores, que proporciona a las arcas municipales unos ingresos extras, que les vienen muy bien para pagar tantas y tantas obras como se han hecho, se hacen y se seguirán haciendo en la ciudad de Madrid durante el próximo año, que es lo que falta para la comparecencia electoral. Unos ingresos que permiten algunas alegrías que la crisis está limitando.
Digo que es acoso y persecución, porque una cosa es vigilar para garantizar la seguridad de los ciudadanos al volante y otra, muy distinta, es colocar radares a diestro y siniestro, con mínima tolerancia. Una cosa ir en busca de quienes ponen en peligro la vida de otros conductores con velocidades excesivas y comportamientos peligrosos y otra, bien distinta, es inundar las calles de máquinas controladoras de ciudadanos en coche, con el único fin de cazar a quienes superan los 40 o los 50 kilómetros por hora, a la salida de una de las vías de circunvalación de Madrid. Es verdad que pasar por un radar de la M-30 a 101 kilómetros hora es hacerlo en velocidad excesiva o hacerlo a 60 dentro del casco de la capital, pero también verdad que el riesgo de accidente mortal a esas velocidades y con los coches que pone la industria en manos de los conductores del siglo XXI, no representa un peligro para nadie, ni mucho menos. ¿Entonces?. Las multas y la persecución están más orientados a conseguir una recaudación que a la búsqueda de garantías de seguridad y de mantener la integridad física de los ciudadanos. Este último es el objetivo de la Dirección General de Tráfico que controla velocidades, en las carreteras, superiores a 140 y que si representan un peligro.
Medidas que se han adoptado, como el carné por puntos y la vigilancia para evitar el consumo de alcohol entre los conductores, que están dando resultados sorprendentes en cuanto al descenso de fallecidos en las carreteras. Medidas acertadas y aceptadas por el común de los conductores que ven, en ellas, una garantía de seguridad frente a unos pocos que ponían en peligro a muchos que utilizan el coche y la carretera con suma precaución.
La DGT se ha ganado el respeto y la comprensión de quienes se sientan al volante cada día para recorrer más o menos kilómetros, pero se recela del comportamiento municipal, que se considera excesivo y un tanto acosador. Las multas es un nuevo impuesto no declarado y afecta a todos, porque todos nos despistamos alguna vez, al pasar por debajo de estos ojos mecánicos inquisidores, intolerantes y nada democráticos.
A veces dan ganas de mandar el coche a hacer...
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