Nino Olmeda | Martes 02 de marzo de 2010
La crisis tiene solución y pasará cuando corresponda. En esto parecen estar de acuerdo todos, sobre todo en lo primero. El problema es que cada uno tiene una solución distinta y se escenifica de una manera diferente si el proponente tiene responsabilidades de gobierno o si está en la dura y poco soleada oposición.
Que la actual situación pueda quedar despejada de incertidumbres presentes y futuras sobre crecimientos económicos y de empleo, y sobre las condiciones de los mismos, parece depender de análisis e informes de organismos supranacionales que todo lo ven y que en su momento nos informarán de cuándo saldremos del temporal y cómo se alcanzará la normalidad.
Está sobre la mesa un pacto para salir de la crisis que todos reclaman y que nadie quiere, no sólo porque los posibles firmantes del mismo tienen intereses políticos y electorales enfrentados, sino también porque la salida única no existe. Existen salidas.
Tienen que ver con la voluntad exclusiva de sanear el estropicio que sufrimos todos o de darle una nueva orientación al llamado desarrollo, a la economía y al modelo productivo que desea la gran mayoría de los ciudadanos, aunque la gran mayoría de los poderosos, influyentes y demás gentes del sistema sólo quieren algún toque de barniz para que todo siga del mismo color.
Cuando los responsables políticos tardan en hablar claro y en aclarar qué apoyan y qué no consienten de las iniciativas del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, aparece delante de nuestros ojos imágenes de la campaña para devolver la confianza a la gente ante la crisis que han lanzado las Cámaras de Comercio y numerosas empresas nacionales. A través de caras conocidas como las de Pau Gasol, Carlos Sainz o Juan José Millás nos trasladan el mensaje de que 'esto sólo lo arreglamos entre todos'. Quieren transmitir ilusión y tesón a la sociedad para luchar contra la crisis. Gracias.
Ya recurrió a este mismo discurso John F. Kennedy cuando se dirigió al pueblo norteamericano de la siguiente manera: 'No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país'. Como eslogan es estupendo para estas crisis y para cualquier situación política, económica o personal. Es como rezar, no hace daño a nadie.
Pero no está claro que beneficie a las economías domésticas y empresariales ni que contribuya a reducir las elevadas tasas de paro. Quizá sólo a las cuentas de resultados de agencias, publicistas, diseñadores y medios de comunicación que inserten esta publicidad. Y no es poca cosa. La confianza es la esperanza firme que se tiene de que saldremos de la crisis y esta campaña es, sin duda, un motivo más para que nos animemos y no caigamos en el desorden personal que se crea cuando, además de no tener trabajo ni dinero para la hipoteca de la casa y las oficinas del paro sólo ofrecen algún que otro cursillo de formación o reciclaje hacia la nada y poco más, nos falta hasta el buen rollito de las bonitas palabras. Eso no puede ser. A mal tiempo, buena cara.
Afrontar las situaciones con confianza y energía renovada, ilusión y esperanza, es algo maravilloso, pero no un manjar para cualquier persona que se ha quedado sin casa, curro, y con muchas deudas, y recurre a cualquier salida personal a su situación, incluso a cobrar lo que sea para ir tirando. Esta persona existe y es como la Eloisa que yace en el almendro que nadie encuentra porque cuesta descubrir las verdades. Jardiel Poncela puso su humor en una obra donde la ironía lo cubre lo todo. Y las eloisas de la sociedad responden con sarcasmo a la campaña para devolver la confianza ante la crisis, preguntándose si hay que devolver la confianza o la fianza, que es la obligación que alguien adquiere de hacer algo a lo que otra persona se ha obligado en caso de que esta no lo haga.
Los dueños de las actas parlamentarias, en los que confiamos para gestionar nuestras cositas, no están cumpliendo. Más claro, el agua.
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