Buzón

La odisea de la discapacidad

J.U.R. | Martes 16 de febrero de 2010
En la tarde-noche del pasado sábado día 13 de febrero de 2010, cinco de siete autobuses de la Empresa Municipal de Transportes de Madrid se negaron a transportar a dos personas con discapacidad, dejándolas en tierra, con temperaturas inferiores a los 5°.

El pasado sábado, día 13 de febrero de 2010, a las 19:51 horas, cuando las temperaturas no sobrepasaban los 5 grados, Víctor Villar Epifanio, de 33 años y Mar Molpeceres, de 45 años, dos burgaleses con discapacidad física que se encontraban de visita en Madrid, sufrieron lo siguiente.

Los autobuses de la Empresa Municipal de Transportes de Madrid están habilitados para transportar a personas con discapacidad: todos disponen de zonas reservadas, pisos bajos y rampas de acceso para facilitar el acceso de sillas de ruedas y la subida de personas que ―aún sin desplazarse en sillas de ruedas― no pueden subir fácilmente los peldaños de una escalera. Pero la falta de formación ―en algunos técnica y ética―, provoca que, con demasiada frecuencia, la persona con discapacidad no pueda viajar y se quede en la calle, contra su voluntad.

En esta ocasión, la pareja pretendía viajar desde la plaza de la Puerta del Sol hasta la calle Tembleque, lo que implica que para completar cada trayecto es preciso hacer un trasbordo entre las líneas 50 y 25.
En detalle: debían tomar un autobús de la línea 50, en la calle Carretas, junto a la Puerta del Sol (parada 2494), para ir hasta el Paseo de San Illán - Paseo Ermita del Santo (parada 2498), y una vez allí, bajar del autobús de la línea 50, caminar hasta la cercana parada del mismo nombre (parada 4744), y allí tomar un autobús de la línea 25 (pagando otra vez) para ir hasta el número 103 de la calle Illescas (parada 5180).

Pues bien, en la primera parada, en la calle Carretas, junto a la Puerta del Sol (parada 2494), los primeros dos autobuses se negaron a permitir que los discapacitados subieran a bordo: el conductor del primer autobús les increpó de muy malos modos, y el conductor del segundo autobús, directamente, volvió a cerrar las puertas y partir hacia su nueva parada tan pronto como se le solicitó que abriera la rampa de acceso para discapacitados (citar aquí que en ambos casos, al intentar conversar con ellos, hacían caso ignoraban al candidato a pasajero y en su lugar, ambos conductores se dedicaban a hablar por un sistema de radio).

Pero la cosa fue todavía peor cuando intentaron tomar el segundo autobús, tras hacer el trasbordo, en el Paseo de San Illán - Paseo Ermita del Santo (parada 4744): el primer autobús que apareció, se saltó la parada directamente, a pesar de ir medio-vacío y de haber cuatro personas esperando (una de ellas en silla de ruedas); el segundo autobús que pasó apagó las luces poco antes de pasar a nivel de la parada (éste ni siquiera aminoró la marcha); el tercer autobús que pasó se detuvo, pero el conductor alegó que iba muy lleno y que además transportaba un carrito de niños (no accedió a plegar el carrito ni a recolocar a los pasajeros, a pesar de que eso les habría permitido viajar, y en lugar de ello, prefirió que permanecieran en tierra, al frío y ya de noche); finalmente el cuarto autobús (el séptimo al que habían esperado esa tarde-noche), sí se detuvo, accionó la rampa de acceso normalmente y les permitió viajar (pagando una segunda vez para un único itinerario).

En total habían transcurrido cerca de dos horas, de las que 43 minutos fueron en autobús y el resto esperando en el frío; vimos pasar 7 autobuses, de ellos, sólo 2 les permitieron ejercer su derecho a viajar, como a cualquier otro ciudadano.

En el teléfono de la Empresa Municipal de Transportes de Madrid (al que llamaron para solicitar ayuda) sólo obtuvieron la respuesta de un contestador automático que recordaba los horarios de atención al público, señalando que hasta el lunes nadie podría atenderles.

En el teléfono del Servicio de Emergencias 112 de la Comunidad de Madrid (al que llamaron cuando se encontraban en la parada intermedia, en una zona apartada de casas, con frío, sin luz y presos del temor a que ningún autobús accediera a llevarles) les dijeron que “no prestaban este tipo de servicios”, “que llamara a un servicio de taxi” (que no se podían permitir), y que “llamaran de nuevo en cuanto los discapacitados o cualquier otra persona acusaran síntomas de hipotermia”.