Nino Olmeda | Miércoles 10 de febrero de 2010
Efectismo. Eso es lo único que esperan los líderes políticos actuales de sí mismos cuando los problemas de los demás, que ellos deberían ayudar a resolver, les acucian y no saben muy bien cómo hincarles el diente. Quieren sorprender recurriendo a procedimientos para impresionar o dejar pasmado al personal. Las crisis ha provocado gran revuelo en los ambientes gubernamentales y nadie se atreve a decir nada que pueda afectar, negativamente se supone, al presidente, José Luís Rodríguez Zapatero, centrado como está en su Presidencia Europea.
Aunque la chispa que saltó por la alarma provocada por el anuncio de la ampliación de la edad de jubilación a los 67 años quemó a casi todos, a unos por unas razones y otros por oportunismo político, los únicos que han tenido que padecer en silencio el daño de una medida que recorta derechos adquiridos han sido los socialistas, que se han visto obligados a no decir qué piensan de verdad sobre la ingeniosa idea de alargar, obligatoriamente, la edad laboral de los que llevan esperando muchos años a que los avances tecnológicos, médicos y de otro tipo que han llevado a alargar la expectativa de vida de los ciudadanos de los países desarrollados, sean en beneficio propio, es decir, para disponer de más tiempo que antaño para disfrutar del ocio y de la vida antes de dar el último paseíllo.
Los pocos que hablan, como el presidente de Castilla-La Mancha, José María Barreda, o el dirigente del socialismo vasco Jesús Eguiguren, lo hacen con mesura y piden a Zapatero cambios en su forma de gobernar para afrontar la crisis. Le ven lento de reflejos. Nadie sabe si Zapatero, antes o después de dejar su ocupación en la UE, remodelará su equipo gubernamental, eso es competencia suya y de nadie más, pero algunos avezados pensadores del régimen cuchichean entre ellos posibles soluciones efectistas.
Si para dirigir la Cultura se trajo a una cineasta y para dirigir la Sanidad convenció a un investigador médico, por qué no encargar las políticas contra la crisis a alguien experimentado en defender los derechos del colectivo más afectado por la actual situación de déficit, paro y economía con respiración asistida: los trabajadores. ¿Quién colocaría de ministro a un dirigente sindical de máximo nivel para aplicar a los curritos las políticas que estos días traen de cabeza a la ciudadanía en general? Esta pregunta se hacen los que creen que Zapatero puede sacar de su chistera un conejo sindical para acallar a unos, sorprender a muchos y hacer bueno el dicho aquel de ‘tanto navegar para morir a la orilla’.
Todos aconsejan a Zapatero porque consideran que son capaces de entrar en la mente de su secretario general y, por lo tanto, adelantar sus genialidades a un reducido círculo de personajes que se creen influyentes y con capacidad de saber qué tiene en la cabeza el presidente del Gobierno de España. La verdad es que la mejor manera de saber qué tiene en la cabeza es hacerle una radiografía, porque, a veces, ni el propio interesado lo conoce.
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