Social

Del instituto al taller de electricidad

Celia G. Naranjo | Martes 09 de febrero de 2010
Los jóvenes que no se adaptan al instituto tienen una salida en oficios como el de electricista o peluquería. Un taller de Cáritas se ocupa de formarlos no solo para trabajar, sino también para desenvolverse en la vida.

"Tienen que aprender a poner una bombilla, pero también a escribir 'bombilla'". Así resume Pilar Sánchez, directora del centro de formación que Cáritas gestiona en el distrito de Tetuán, la filosofía de los nuevos Programas de Cualificación Profesional Inicial (PCPI) subvencionados por la Comunidad de Madrid, la antigua 'garantía social'. Aquí recalan cada día varias decenas de jóvenes parta aprender electricidad y peluquería, pero no solo eso: también español, quienes no conozcan el idioma, ortografía, matemáticas y cultura básica para desenvolverse en la vida.

Estos chicos, muchos de los cuales no alcanzan los 18 años, son adolescentes que por uno u otro motivo no encajan en el instituto. La mayoría tiene, además, problemas familiares que varían desde graves dificultades económicas hasta falta de control o adicciones de sus padres. Otros llegan aquí derivados por la Agencia para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor (ARRMI), dependiente de la Consejería de Presidencia, Justicia e Interior, para que puedan formarse mientras cumplen alguna medida judicial.

Lo que tienen en común todas estas circunstancias es que los sitúan en riesgo social. Riesgo que, en el mejor de los casos, acabará situándolos en lo que ahora se connoce como 'generación ni-ni' (ni estudian ni trabajan) y, en el peor, los abocará a la delincuencia o a la marginación social. Por eso es tan importante que se formen y que aprendan un oficio, incluso aunque de momento estén sin papeles. "La educación es un derecho. No podemos negársela a ningún chico, aunque no tenga pasaporte", recuerda Sánchez.

Clases regladas

A esta formación profesional, muy enfocada a la práctica, acuden más motivados que a las clases del instituto. Pero los responsables del centro insisten en que deben aprender también nociones de matemáticas u ortografía, para poder arreglar una instalación o preparar un tinte pero también escribir una factura o calcular un importe correctamente. "Además, tal y como está ahora el mercado laboral, cuanto más preparados salgan, mejor; hay mucha competencia", insiste Sánchez.

Y por último, pero no menos importante, está el 'aprendizaje de la vida', de las habilidades sociales, de esas que sirven para llegar puntualmente al trabajo, saber tratar con jefes, clientes y compañeros y mantener unos hábitos saludables. Todos tendrán que poner esto en práctica durante sus prácticas obligatorias, la 'prueba de fuego' que, quizá, termine en un contrato, aunque hoy por hoy "está cada vez más difícil".