Ángel del Río | Martes 19 de enero de 2010
Vivimos días de solidaridad con los damnificados por la tragedia de Haití. Estamos unidos en el dolor de un pueblo que ha perdido en esta gran catástrofe a buena parte de los suyos, y otros de los que allí estaban de paso también forman parte de esa fosa común al aire libre, de ese cementerio de los escombros, de esas piras de muertos que ni siquiera tienen la oportunidad de ser enterrados.
Y en esas muestras de solidaridad colectiva, en esas reacciones que nos hacen seguir sintiéndonos seres humanos, a veces perdemos de vista la tragedia más cercana, sobre todo por cuestión de magnitud, pero con frecuencia nos olvidamos del principio de solidaridad que debería estar presente en todo momento, en la distancia y en la cercanía.
Viene esto a colación del lamentable suceso que se produjo hace unos días en la localidad madrileña de Leganés, cuando dos personas perdieron la vida en el incendio de una chabola infecta, en una zona cuya erradicación había sido solicitada por su alto riesgo, por las condiciones en las que sobrevivían unas cuantas personas.
El pasado fin de semana, Telemadrid ha rescatado un vídeo de cuando se pedía a la concejala de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Leganés, la creación de un albergue, para evitar que los menesterosos pernoctaran en la calle en las condiciones en las que lo estaban haciendo esos indigentes del asentamiento chabolista. Y da escalofríos, indignación y hasta vergüenza, el argumento de la concejala para negarse a realizar esa petición. Dijo que si construían un albergue para indigentes en Leganés llegarían hasta la ciudad menesterosos de otros municipios vecinos, incluso de Madrid, y eso sería llamar a la pobreza, ser un reclamo, y ella no quería que la pobreza escogiera Leganés para albergarse.
Este argumento es deleznable desde el punto de vista político; humanamente deplorable e impropio de una concejala, en este caso del PSOE, encargada de dirigir los servicios sociales de un municipio como Leganés. Ella no quiere construir un albergue, porque es un foco de atracción de indigentes. No pretenderá que sea un destino turístico de primera categoría. Imaginemos que, aplicando la teoría de la concejala sobre el efecto llamada de un albergue, la ciudad de Madrid y otras ciudades cerraran todos los de la red pública, y las instituciones privadas hicieran lo propio con los que gestionan, entonces las calles serían un gran albergue al aire libre para vergüenza de conciencias propias y ajenas, tanta vergüenza como la que le ha faltado a esa nefasta concejala cuando públicamente declara a Leganés, algo así como “ciudad hostil con la solidaridad”, o lo que es lo mismo, “ciudad donde está prohibido que entre la miseria”.
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