Hora punta de un día cualquiera en uno de los nuevos intercambiadores de transporte de Madrid. Dos mil personas con distintos grados de movilidad circulan bajo tierra a punto de coger el metro, el tren o el autobús cuando, sin previo aviso, salta la alarma y se declara un incendio. ¿Qué hay que hacer?
Pues en lugar de correr, recalca el ingeniero industrial Alberto Mozas, hay que conservar la calma, no asustarse si comienza a caer agua nebulizada del techo o se activa el potente sistema de extracción. El segundo paso es buscar cualquiera de las
puertas de emergencia totalmente accesibles e identificadas de color rojo bermellón situadas a no más de 50 metros de su posición. Después, se podrá abandonar sin prisa pero sin pausa el distribuidor a través de sus pasillos o escaleras protegidas mientras el Sistema Integral de Gestión, en alerta desde el momento 0, se ocupa de la extinción de la mano de los Bomberos.
Este es el procedimiento de seguridad que el Consorcio Regional de Transportes ha desarrollado para salvaguardar la vida de los miles de pasajeros que cada día utilizan el
moderno anillo de intercambiadores de la Comunidad de Madrid. Pero, ¿cómo se consigue sacar en un
tiempo récord de 6 minutos a las 2.000 personas -entre las que se incluyen discapacitados o personas con movilidad reducida de cualquier tipo- que transitan de media en hora punta por unas infraestructuras situadas a varias decenas de metros bajo el suelo y donde conviven vehículos, pasajeros, gases tóxicos, combustibles y un importante suministro eléctrico?
Madridiario ha buscado esa respuesta junto a Alberto Mozas, uno de los técnicos del Consorcio que ha contribuido a desarrollar un sistema de seguridad del que no existen precedentes, puesto que la red de intercambiadores, como tal, apenas tiene referentes en otros países. “Lo más cercano que teníamos era la normativa de parkings subterráneos, pero nosotros tuvimos que elevar al máximo los niveles de exigencia”, recalca Mozas, tal y como explicó en la última jornada sobre intercambiadores de transporte que organizó el Colegio Oficial de Ingenieros Industriales de Madrid.
Seguridad para todos
Cuando la Consejería de Transportes decidió apostar por los intercambiadores, el Consorcio se marcó
6 pautas de seguridad ineludibles: resistencia de los materiales al fuego y sectorización de las áreas; prioridad en la ventilación en dársenas, túneles y vestíbulos; protección especial para los grandes usos de energía; necesidad de un elevado suministro eléctrico; evacuación rápida de todos los afectados en un entorno subterráneo y, por último, gestión centralizada del funcionamiento diario y las emergencias. Y todo ello, subraya Mozas, ha tenido su reflejo a la hora de la construcción y el diseño de estas peculiares infraestructuras.
Para empezar, se comenzó por garantizar que la estructura fuera completamente accesible y con las facilidades necesarias para que cualquier pasajero, fuera adulto, niño, anciano, con cualquier tipo de
discapacidad, pudiera entrar y salir sin ninguna dificultad.
Hoy, los intercambiadores son estructuras con grandes entradas de luz natural, que favorece la
orientación del viajero, y perfectamente ventiladas. Los ascensores,
rampas de acceso para minusválidos, las escaleras mecánicas de velocidad graduada y la información audiovisual son elementos básicos. Cualquier usuario en silla de ruedas puede llegar desde la calle hasta las plataformas de los autobuses sin necesitar ayuda y, en caso de ser invidente, leer en braille los paneles de información de cada autobús, por no mencionar que siempre tendrá a su disposición autobuses con
rampas especialmente habilitadas para acceder al interior y un lugar específicamente destinado a las sillas de ruedas una vez en marcha.
Si el utilizar el servicio era fácil, moverse en una situación de emergencia debería ser igual de sencillo. El Consorcio se entregó a fondo a esta tarea y evitó las
barreras físicas en las vías de salida. Utilizar un ascensor en caso de incendio no es posible, por lo que las rampas de emergencia se habilitaron pensando especialmente en cualquier tipo de movilidad.
Se exigió a los proveedores que los materiales más expuestos a un posible fuego tuvieran una
resistencia a las llamas de 120 minutos. En el caso de las islas y los locales comerciales, el espacio donde se mueven los pasajeros, la resistencia es de 60 minutos. Siendo los usuarios lo más importante, se hizo especial hincapié en la instalación de cortinas de agua junto a las mamparas y aspersores de
agua nebulizada en las escalera: “A la gente le puede poner todas las salidas de emergencia que quieras, pero la tendencia natural será que intenten salir por el mismo camino por el que han entrado”. Si en una tienda, como en un sector, se declara un fuego, el lugar se convierte en un
compartimento estanco para evitar la propagación. Cada uno tiene justo enfrente su propia puerta de emergencia.
El sistema de extracción de aire y los medios de extinción son dignos de grandes estructuras como éstas. Los equipos de ventilación son capaces de mover caudales desde 20 hasta 100 metros cúbicos de aire por segundo. Para darles soporte, la
acometida eléctrica es doble -“con lo enormemente traumático que ello ha sido a nivel económico”- y cada intercambiador tiene un grupo electrógeno propio capaz de autoabastecer todos los sistemas de emergencia y la gran mayoría de los operativos. La alimentación es obligatoriamente ininterrumpida porque, de lo contrario, habría que
“arrancar” todo el intercambiador de nuevo y eso sería una catástrofe a nivel de seguridad. La prevención se completa con los últimos sistemas en detección, colocación de opacímetros, iluminación de emergencia mediante leds, agentes extintores especiales…
Uno para todos y todos para uno
Y finalmente la ‘madre del cordero’: el
Sistema de Gestión Integral. Cada subsistema de incendios, como los de climatización, transporte mecánico, megafonía o control de accesos, está conectado y reporta al conocido como SGI, de manera que el ordenador es capaz de cruzar datos a toda velocidad para tomar las decisiones de la manera más rápida posible. El SGI se controla desde el puesto de mando de cada intercambiador, al que los
Bomberos tienen su propio acceso independiente desde el exterior para poder tomar el mando en caso de producirse una situación de riesgo.
Alberto Mozas insiste en cómo todo el entramado de ventiladores, difusores, avisadores, iluminación así como los procedimientos de evacuación han sido sometidos en conjunto y por separado a
las más exigentes simulaciones informáticas y de dinámica de fluidos en las peores condiciones imaginables. Gracias a ellos, y atendiendo también a la experiencia de los bomberos, se comprobó que en ocasiones era necesario aumentar la ventilación mecánica, ya que la natural no era suficiente; o, por ejemplo, que un muy improbable incendio eléctrico de 100 megavatios se convertía en “totalmente incontrolable”.
'Incendiar' un intercambiador
Pero aún queda un último reto: simular un
incendio en condiciones reales con 2.000 personas, los mismos pasajeros que en hora punta. La propuesta no es fácil, en primer lugar, dadas las dimensiones de la infraestructura. En segundo lugar, y siendo imposible perturbar el funcionamiento de un intercambiador de día, sería necesario hacerlo de noche. La tercera dificultad es contar con la colaboración del resto de medios de transporte (EMT, Metro de Madrid, autobuses interurbanos, Cercanías). Por último sería necesario coordinarse con las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, además de con bomberos, Policía Local, Emergencias 112 y Samur para evaluar los tiempos de respuesta.
Encontrar a esos
2.000 voluntarios que hagan de extras supone un problema añadido a que el simulacro, por mucho que se intentase, perdería el factor sorpresa o de improvisación, pero el Consorcio todavía no se ha cerrado las puertas. Y aunque no se lleve a cabo, tranquiliza Mozas, los intercambiadores han pasado con nota las evaluaciones de seguridad más exigentes para funcionar al 100% desde el primer día.