Ángel del Río | Lunes 28 de diciembre de 2009
Siempre hay un cuento triste de Navidad por estas fechas. Un cuento tan real como la vida misma, que encoge el corazón, hace temblar emociones, despierta conciencias y lo envuelve todo de dolor por lo cruel e incomprensible de ese relato negro de Navidad.
Es un cuento anónimo, de autor desconocido, pero escrito sobre renglones torcidos, con arriesgada torpeza. El lugar, un portal, no el de Belén, sino el de un inmueble de la calle Duque de Sesto. El protagonista, un niño Jesús de nuestro tiempo, nacido una hora antes de ser hallado en el portal, pero sin calor, sin padres, abandonado a su suerte, todavía con el cordón umbilical sangrando, aterido de frío, en grave riesgo de no sobrevivir. Recién nacido abandonado, canción triste de una ciudad a veces tan fría como el cemento que la cubre y como el corazón de algunas personas que son capaces de abandonar a su suerte la carne de su vientre recién parido.
La suerte quiso que este triste cuento de Navidad, escrito para ser rematado con un final trágico, terminara felizmente. La suerte quiso que por el lugar donde había sido abandonado el bebé, pasará un ciudadano, Francisco Fernández, que paseaba a su perro y que escuchara como una especie de maullido de gato; que no pasara indiferente ante este sonido, que la curiosidad le llevara al descubrimiento de un recién nacido. Y a partir de ese momento, la historia empieza a escribirse con renglones rectos hasta desembocar en un final feliz, que no es otro que la salvación de este cuerpecito perfumado de placenta y ungido de sangre de parto, abandonado en esa jungla urbana, abocado a no sobrevivir. Pero en Navidad, siempre hay milagro. Milagro en el Día de la Sagrada Familia, para un niño sin hogar. Milagro en la víspera de los Santos Inocentes, para un inocente que a punto estuvo de ser degollado por la sinrazón humana.
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