Rafael Martínez-Simancas | Lunes 28 de diciembre de 2009
Incongruencias de los tiempos modernos: si vas a Washington a visitar al último Premio Nobel de la Paz, (pongamos por caso), te cachearán cómo si fueras un delincuente del presidio de Alcatraz. La seguridad manda y Estados Unidos no se fía de nadie debido a los últimos casos ocurridos en aviones que tenían su destino en aquel país.
Segunda incongruencia: hemos construido los aeropuertos más punteros, (la T4 es la bandera de Europa), pero cada vez resulta más incómodo coger un avión. No vale con pasar el arco de seguridad portando una bandeja en la que previamente has dejado la chaqueta, el cinturón y el teléfono móvil, también te pueden obligar a quitarte los zapatos como el que va a orar a una mezquita. Y aún así, con los pantalones en los tobillos, dando pasos de pingüino y con la tarjeta de embarque entre los dientes, no les basta. Además, deberás jurar sobre tu propia tumba que no llevas explosivos, que no tiene intención de secuestrar el vuelo y que jamás has pensado matar a una mosca, (tal y cómo hizo Obama en una entrevista en televisión). Aún así un inspector de seguridad se pondrá los guantes blancos y palpará tus zonas blandas y, si fuera oportuno, introducirá un dedo a modo de colonoscopia hasta ver cómo tus pupilas se ensanchan de una manera normal, y no cómo se les deben poner a los talibanes de Guantánamo.
Por supuesto el viajero, en adelante “el presunto”, deberá llegar al aeropuerto cuatro horas antes del vuelo para ser sometido a todo tipo de exámenes y tocamientos varios.
En resumen, ¡qué coñazo coger un avión!
La regla más elemental de la resistencia pasiva llevaría a proponer que los viajeros acudan con una sábana a modo de patricios romanos y estar dispuestos a quitársela antes de enseñar el pasaporte. Pero ni desnudos se librarían de los cacheos, o de las miradas sospechosas porque nunca se sabe. Pero de momento es lo que hay hasta que se inventen los teletransportadores de moléculas que nos permitan cruzar el océano sin necesidad de embarcarnos en una línea aérea.
En ningún otro sitio de inculcan de manera tan masiva y continuada los derechos fundamentales sin que nadie exprese su contrariedad. Prevalece el principio de seguridad por encima de los derechos, y sin posibilidad de emitir un voto particular porque en ese caso te quedas en tierra y pasas a engrosar la lista de sospechosos de haber tomado té con Bin Laden.
Y los derechos que se pierden se tarda bastante tiempo en recuperar. Los aeropuertos son la versión actualizada del infierno de Dante, “quién haya llegado hasta aquí que pierda toda esperanza”.
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