Celia Gilpérez | Miércoles 16 de diciembre de 2009
Dice el refrán “más vale una vez colorado que ciento morado”. Hoy en España hay cientos, miles, posiblemente millones de ciudadanos morados por la clase política que nos ha tocado y que, no creemos, sinceramente, que nos merezcamos.
No es sólo la corrupción generalizada. Hay ochocientos cargos públicos implicados en temas inmobiliarios. Con este número a los ciudadanos no nos pueden decir que no generalicemos. Posiblemente nos creen cómplices.
No son sólo las peleas fraticidas dentro de los partidos. Son intereses personales y personalismos, luchas por el poder puro y duro que da el control de las instituciones. Estos navajazos barriobajeros no se pueden justificar a los ciudadanos con un palabrerío hueco sobre los servidores del bien público. Posiblemente nos creen ingenuos.
No es que no sepan gestionar la crisis. Lo grave es que no han sabido gestionar la bonanza. Y eso es lo que nos diferencia de Alemania o los países nórdicos incluso de Francia a quien íbamos a alcanzar en breve. Posiblemente nos creen tan incapaces como ellos para ser competitivos globalmente.
No es sólo que los alcaldes crean que la única política local es la urbanística. Ya no podemos más. Los ciudadanos sabemos que hay otra forma, servicios públicos de calidad, un entorno que favorezca la creación de empresas y negocios, una ciudad que facilite la vida, una ciudad humanizada, No es difícil, hay en Europa muchas ciudades así, una ciudad de ciudadanos. Posiblemente nos ven como problema y no como solución.
No es sólo que la política educativa sea campo de batalla y no tengan problema en cambiar las leyes cada cuatro años (¡será por leyes!) Los ciudadanos, más que nada en este mundo, tenemos derecho a reclamar una educación de excelencia, donde los niños no solo van al colegio si no además, aprenden, son emprendedores, se capacitan para trabajar en la empresa o para ir a la universidad sin tener sensación de pérdida infinita de tiempo. Lo poco que invertimos en educación es nuestro hecho diferencial, no el sol y el ladrillo. Posiblemente nos creen insensibles.
No es sólo que la información política sea fundamentalmente de políticos y no de la gestión del bien público. Los periódicos se han convertido en crónica rosa y negra de la mediocridad. El ciudadano tiene derecho a que se le informe de manera veraz sobre los planes concretos de gobierno y de su gestión diaria, a participar y a que se le escuche y hoy, con Internet, tenemos medios para ello. Posiblemente nos creen analfabetos funcionales.
No es sólo que los partidos nacionalistas tengan con unos cientos de miles de votos la llave de la gobernabilidad en el Parlamento. Los ciudadanos tienen derecho a no tener que sacar diecisiete licencias de pesca si les gusta la pesca o a no tener diecisiete calendarios de vacunación infantil, ni a tener cientos de parlamentarios que votan solo lo que les dice su jefe, ni es posible a saberse diecisiete leyes autonómicas sobre cualquier tema. Los españoles viajamos y sabemos que el mundo no funciona así. Posiblemente nos creen indocumentados, felices en nuestro localismo.
No es sólo que la política exterior vaya del rancho tejano al ranchito venezolano. El ciudadano tiene derecho a una cierta continuidad en su acción exterior, en sus aliados, en su papel internacional. Saber que toda Iberoamérica es importante siempre. Saber siempre dónde estamos en Europa y saber por qué estamos en Afganistán o en el Líbano o en el Índico. En fin, saber que todo tiene un antes y un por qué y que no se puede cambiar todo cada cuatro años. Posiblemente creen que no nos interesa.
No es sólo que los tribunales cambien los criterios según el juez que te juzgue. Sabemos que los jueces son humanos. Lo que no queremos saber los ciudadanos es que, además, son partidistas, reciben consignas y la suerte de nuestras leyes dependen del grupo en el que militan, sin militar. Posiblemente creen que nos parece normal.
No es sólo que los grandes partidos nacionales o los pequeños, partidos nacionalistas o no, se enzarcen en discusiones que solo a ellos interesa, no es solo que nos aburran. El ciudadano sabe que son necesarios, y, a pesar de los políticos, los necesitamos y los queremos porque somos profundamente demócratas. Posiblemente no se lo terminan de creer.
¿Qué puede hacer un ciudadano cansado cuando cree que ningún partido tiene méritos para ganar las próximas elecciones? Tomar conciencia de que no nos lo merecemos. No estaría mal, aunque suene a tontería, organizar algo 28 de diciembre, nuestro día, el día de los ciudadanos, el día de los Santos Inocentes, para decirles a nuestros políticos que, por una vez al menos, nos respeten, nos pidan disculpas, y cambien. Por ejemplo, ponernos un monigote morado.
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