Nino Olmeda | Jueves 10 de diciembre de 2009
Un belén es, además de un nacimiento representativo del sentimiento navideño, algo relativo a la confusión, ese estado en el que no se entiende nada. Evidentemente, en sentido figurado. Vaya belén se ha montado, dicen algunos cuando intentan circular en coche por algunas de las zona llenas de obras municipales, como las cercanías de la plaza de Colón o de la sede vallecana de la Asamblea de Madrid.
Más allá de los atascos y la continua indisciplina viaria que lleva a muchos madrileños a dejar el vehículo hasta en sitios inimaginables donde ni los multadores oficiales llegan, llamémosles belenes tradicionales y perennes todo el año, estas situaciones de confusión y sorpresa que se producen en muchos sitios y a muchas horas también pueden ser calificados con esta misma palabra tan navideña.
Hace unos días me quedé atónito al comprobar el sinsentido y la falta de atención y delicadeza por parte de los gestores de la estación de Atocha. Era una hora decente, las 10 de la noche, y me dirigía a recoger a la hija de Teresa que regresaba a la capital después de pasar unos días en Sevilla. Tenía una hora por delante y una buena compañía. Decidí meter el coche en el aparcamiento de la estación de trenes y antes de sacar el ticket, una señorita con traje de agente de una empresa privada de seguridad me pide que salga del coche y abra el maletero. Muestro el cártel que me permite aparcar en lugares reservados para personas discapacitadas y le dijo, con educación, que la operación que me solicita la realice ella misma, con la mano ocupada en ese momento por un cigarro encendido. Se niega porque no está autorizada a poner sus manos en mi capó e insta a mi acompañante a que se lo curre ella, quien asiente después de expresar en voz alta que la sensibilidad y amabilidad de los seguratas bien adiestrados brilla por su ausencia. Menudo belén han montado estos pringados a la entrada del aparcamiento de la estación de Atocha, a la que nos dirigimos después de toparnos con estos servidores de los usuarios de este servicio público que parecen siervos.
Qué mejor manera de pasar el tiempo, en un lugar de tránsito de viajeros y de ciudadanos en general que acuden a esta infraestructura, que sentarse a tomar un café calentito. Dos de los establecimientos abiertos ya no servían nada caliente porque las maquinas estaban apagadas. Recorrimos de un lado a otro las instalaciones y nada encontramos abierto a las 10 de la noche en la capital de España.
El restaurante que tenía luz sólo daba comidas y no fue posible saciar la sed y el frío. Todavía quedaba media hora para la llegada del tren esperado y decidimos recoger el coche y buscar un café en la calle. Lo tomamos, con magdalena incluida, y regresamos a la estación, a la que no pudimos acceder más que andando porque un ejército de taxis en busca de clientes atascó la entrada. Y la Policía Municipal sin enterarse del belén que montaron los taxistas en el belén que es la estación de Atocha, donde no se puede ni tomar un café.
Luego están los belenes de verdad, los que montan distintas instituciones en Navidad. Entre ellos, el inaugurado por la presidenta regional, Esperanza Aguirre, en la sede regional de la Puerta del Sol. Para cortar la cinta de un belén con nacimiento, reyes magos y demás, que mejor que montar un belén ese mismo día. Las figuras eran, además de la lideresa, los tenistas Fernando Verdasco y Feliciano López. La Copa Davis ayudó a montar este belén.
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