Pedro Fernández Vicente | Miércoles 09 de diciembre de 2009
Seguro que dentro de un tiempo vuelve a reproducirse el debate sobre la prostitución, la polémica en busca de una solución capaz de dar respuesta a todas las incógnitas que presenta para la organización de un país, de una comunidad, de un ayuntamiento, el ejercicio, entre legal e ilegal, de la profesión, dicen, más antigua del mundo. Pero mientras tanto ahí está, unas veces más y otras menos, pero siempre a la vista de cualquiera que no se tape los ojos. Ahora atravesamos una etapa de silencio, de olvido, de impasse, de los muchos que suceden en las democracias sobre los temas que nadie sabe como afrontar.
Y la prostitución es uno de ellos. Parece que arrinconada la polémica y alejada de los medios de comunicación, el problema se diluye, deja de existir. Pero no, sólo deja de molestar a quienes tienen la obligación de tomar una decisión guste o no guste, duela o no duela, lo que se llama popularmente “coger el toro por los cuernos”.
Me he tomado la libertad de actualizarlo desde estos renglones que me permiten expresarme semanalmente, gracias a Madridiairo.es, porque el otro día estaba yo por la Gran Vía, muy cerca de la calle Montera, concretamente hablando con esa gente que pasa tanto tiempo en la cola para comprar lotería de Navidad en Doña Manolita, y me abordó una señorita con la intención de convertirme en su cliente durante un tiempo limitado, que vds. ya se imaginan y no necesito explicar con más detalle, entre otras cosas, porque no es el objetivo de mi narración.
No me interesaba nada su oferta, pero si su conversación y a ella no parecía importarle. Así que, sin confesar mi condición de periodista y, por tanto, curioso sobre lo que ocurre a mi alrededor, inicie un mínimo interrogatorio que no rechazó en ningún momento. Creo que no era española, pero no lo puedo garantizar, hablaba la lengua de Cervantes con escaso acento y con tanta soltura, agilidad y claridad, que parecía más una estudiante universitaria metida a labores que no le correspondían, que una prostituta ofreciendo un cuerpo en la calle Montera.
Pasado el primer momento en el que tuve unos minutos de nervios por la situación novedosa en la que me encontraba, le pregunté por su trabajo, el motivo por el que lo ejercía, los riesgos que corría, tanto de seguridad como sanitarios y finalice con una reflexión sobre las alternativas que encontraría en cualquier otro trabajo que no fuese este, dadas las características que yo estaba observando de ella, mientras hablábamos. Antes de terminar mi reflexión se echó a reír de tal manera que aborto la observación que pretendía ser una indicación para ayudarle a encontrar un nuevo camino.
Sus respuestas a mis preguntas fueron breves y contundentes. Lo que tienen que hacer es tomarse esto en serio. Aseguró que necesitaban más seguridad y no tener a la policía cerca. La seguridad para ella pasaba porque las autoridades les quitasen de encima a los proxenetas, a quienes pretenden manejarlas y lo consiguen en muchas ocasiones.
Dijo querer ser libre completamente y hacer lo que quisiera. Dijo que los políticos lo que tienen que hacer es poner servicios a su alcance y acordarse de ellas de vez en cuando y no sólo cuando matan a alguna compañera en cualquier callejuela o cuando algún famoso es fotografiado, porque son muchos los personajes conocidos, y de todas las profesiones, los que pasan por las manos de las prostitutas.
A la pregunta de su risa por mi última reflexión me contestó, casi enfadada, con gesto duro y exigiendo una decisión sobre su propuesta inicial, que ella era puta y quería seguir siendo puta, como tu eres lo que quieres y yo no me meto contigo, aunque seas político, que tienes pinta de ello, y cojas comisiones.
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