Opinión

La calle pide paso

Nino Olmeda | Martes 01 de diciembre de 2009
La calle, la puta calle. ¿Qué piden los que llenan las plazas una noche de invierno para saber cómo viven, malviven, las cientos de personas que duermen al raso, abrigados por una fina capa de frío y las miradas indiferentes de los curiosos que ven a extraños tirados en la puerta de cualquier establecimiento, en un banco de cualquier plaza o calle o empotrados en un portal para guarecerse de las inclemencias invernales? Las exigencias de unas docenas de jóvenes voluntarios de alguna Organización No Gubernamental dedicada a trabajar con personas sin techo y con indigentes sin amparo son sencillas: hacer visible un colectivo en situación de exclusión social y todos los riesgos de aquellas personas que se han quedado sin hogar y no encuentran nada más que las calles para vivir.

Hace muchos años, cuando aún existía el escalextric de Atocha, antes de regresar a mi hogar después de una noche de juerga, primero visitaba al hombre portal, un ciudadano que dormía de pie en un portal de la calle Huertas, y después compartía un traguito de vino con Carpanta, un poeta malagueño venido a menos  que dormía en los bajos del citado escalextric.

Entonces, me tomaba copas con estos indigentes que me contaron cómo llegaron a la calle y, ahora, estos jóvenes voluntarios tomaron la calle, que pide paso y que los gobernantes, las administraciones y la clase política en general tenga en cuenta sus reivindicaciones, que son sencillamente de humanidad y que seguramente no aparecen en los programas electorales de las formaciones parlamentarias. El Ayuntamiento de la capital pone casi un millón de euros para su campaña contra el frío y más de 2.000 camas, a cubierto, a disposición de los sin techo. Está bien, pero si no son  suficientes para todos los que viven y duermen en la puta calle, algo tendrá que decir sobre los que mueren en el asfalto frío de las noches de invierno. Los sin techo, al no tener domicilio conocido, no acceden a servicios universales como la sanidad.

Madrid, la capital del Estado, el motor de la economía española, está llena de pequeñas injusticias y escalofriantes panoramas de insolidaridad que nos acercan a un país menos desarrollado de lo que parece. Esto sucedió en la Puerta del Sol. No muy lejos de allí, también en la puta calle, un grupo de ciudadanos se encerró en una jaima para solidarizarse con la amante de los derechos humanos y de la no violencia Aminatou Haidar, que sólo quiere regresar libremente a su hogar en El Aaiún. El Gobierno español se enreda en explicaciones imbéciles sobre qué es mejor para la pacifista saharaui, a la que le traen sin cuidado las razones de Estado de España y Marruecos para impedir que se respeten los derechos humanos de una persona expulsada por el reino aluita y entregada, contra su voluntad,  a España, cómplice de la actitud despótica de una monarquía experta en  la violación de los derechos de los demás. Los comprensivos gobernantes españoles dan consejos y dicen qué es lo mejor para esta mujer en huelga de hambre en un aeropuerto español, sin tener en cuenta los deseos de Haidar y sí los del rey marroquí. Ella quiere regresar a su hogar, Marruecos le quitó el pasaporte y la entregó a España y el Gobierno español se niega a defender el derecho universal de toda persona a volver a casa.

Los sin techo de la capital piden desde la calle soluciones a sus situaciones y los defensores del derecho a la gandhiana saharaui a regresar a su hogar se marcharon a Rivas, la ciudad defensora del laicismo y de las causas imposible como la de Haidar. Estas voces se oyen en otras calles, en otras ciudades,  pero no llega a los círculos del poder que prefieren no saber de la existencia de los indigentes ni de los indeseables gobernantes de Marruecos, tan hermanado con nuestra familia real y con nuestros mandamases de la gobernabilidad.

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