Opinión

El partido nacionalista de Madrid

Eduardo Sotillos | Jueves 26 de noviembre de 2009
Al hilo de filtraciones y rumores, que no de noticias contrastadas, vuelven agitarse hasta límites peligrosos las aguas nunca suficientemente serenas de las relaciones políticas entre Cataluña y Madrid. Escribo, por supuesto, sobre los efectos que ya está produciendo un hipotético fallo del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán, cuyo sentido ha ido cambiando a lo largo del incomprensiblemente dilatado periodo de debates internos, que es el origen de tanta confusión. Y de tantos pronunciamientos presurosos e imprudentes.

Una realidad que parece olvidarse es que el Estatuto pendiente de convalidación constitucional a instancias del Partido Popular se está aplicando ya, con todas sus consecuencias en el Principado y que, superada la negociación sobre el reparto de los fondos, los ciudadanos que habitan a uno y otro lado del Ebro no habían expresado hasta ahora ni grandes entusiasmos ni graves alarmas.

La imagen del tripartito gobernante está afectada por los mismos problemas de equilibrio que en su nacimiento, con el añadido, común a otros territorios españoles, de la crisis económica y de la proximidad de una campaña electoral que obliga a forzar la seña de identidad diferenciada de los partidos en liza. El PSC sigue siendo la mayor garantía de mantener la racionalidad y asegurar la solidez de los vínculos con el Estado sin renunciar por ello a los avances competenciales aprobados en el Parlament y las Cortes, y en Referéndum. Nada que ver con el ya olvidado Plan Ibarretxe.

El respeto a todas- a todas- las normas emanadas de la Constitución obliga a acatar también el dictamen del Tribunal Constitucional, con independencia de cualquier reparo que pueda formularse- y muchos se están haciendo- sobre su composición y sus avatares internos. Sea cual sea la resolución al fin adoptada no cabe esperar otra consecuencia que su traslación al vigente Estatuto de Cataluña y esperar que quienes se sientan vencidos en sus programas máximos superen cualquier tentación de trasladar su decepción a otros ámbitos de confrontación que no sean los de las ideas en los foros democráticos.

El diseño de la España de las Autonomías obliga a una permanente tarea de diálogo y negociación basada en la sincera aceptación de una dinámica de tensiones connatural a un nuevo reparto de poderes entre regiones, en algunas de las cuales, además, tienen relativo pesos nacionalismos con ciertas aspiraciones a romper el cascarón constitucional, pero que no renuncian a seguir jugando en las instituciones comunes a todos los españoles. Esta es nuestra más reciente historia.

La novedad es que desde un partido que exhibe constantemente su seña de identidad española, como es el PP, la dirección política de la Comunidad de Madrid fomente a diario el victimismo en sus relaciones con el gobierno de la Nación, subraye sus supuestos agravios frente al trato dado a otras regiones y fomente los sentimientos más primitivos de confrontación entre ciudadanos con la mira puesta en una rentabilidad electoral. Quisiera pensar que no se trata de una programación consciente, pero asustan algunos discursos de quienes es lícito considerar como sus valedores mediáticos. Lo que nos faltaba era inventar el Partido Nacionalista de Madrid.

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