Pedro Fernández Vicente | Miércoles 25 de noviembre de 2009
El alcalde de Pozuelo de Alarcón anuncia una serie de medidas para mejorar la transparencia en las gestiones, en las concesiones y la utilización del dinero público... Un gesto que le honra, una iniciativa del agrado de la opinión pública, aunque el ciudadano medio no deja de mirar con cierta desconfianza cualquier movimiento de sus políticos, en estos tiempos de tantas sospechas, en los que se pueden escuchar frases tan hechas como “son todos iguales” o “los políticos son unos corruptos”. Creo que no es verdad. No podemos caer en el error, que responde a un análisis demasiado simple, de decir que son todos iguales, porque no lo son.
Eso de extender la “mierda” a derecha e izquierda, propio de quienes están implicados o manchados de alguna manera, se justifica porque les interesa meter el ventilador en la porquería y encharcarnos a todos para pasar inadvertido. No somos todos iguales, al margen de la actividad que desarrollemos, y tampoco en la política. La simplificación impide la verdadera reflexión. Después de años observando la política y a los políticos mientras trabajaba, esa es una de mis conclusiones: todos no son iguales.
Desconozco el número, entre hombres y mujeres, que dedican sus horas y sus días a la política, pero son muchos, muchísimos. Pues de ellos sólo habrá unos pocos, que no puedo cuantificar, los que deben tener la corrupción como meta laboral. El resto no es así. Para más del 95%, su meta no es enriquecerse sirviéndose de la actividad pública, no es ese su pensamiento cotidiano. Es posible que haya mediocres, dispuestos a supeditar sus ideales a los caprichos del líder, por el puesto de trabajo, pero no son corruptos.
Quizá haya otros incapaces de criticar a sus jefes para mantener sus privilegios, pero permanecen en la legalidad. La corrupción es un comportamiento, una forma de vivir. El corrupto es el que tiene la intención de engañarnos a todos, es el que está preparado para saltar sobre sus objetivos a la primera insinuación. No espera, no deja pasar la ocasión de entrar de lleno en esa conversación que le llevará a los cobros ilegales, en los que no ha dejado de pensar desde que entró en política. Pero la mayoría no son así. Al menos no lo son esos con los que me he encontrado a lo largo de mi vida periodística, que han sido muchos y siguen siéndolo.
Decir que son todos iguales es simplificar, uniformar el comportamiento de miles de personas con una formación y unos sentimientos tan distintos en su concepción de la política y la vida como esos dos ciudadanos que eligen caminos tan separados como traficar con drogas o dedicar sus días a visitar y atender a niños enfermos en los hospitales. Dos visiones del mundo que también invade la intimidad del pensamiento político y que nada tienen que ver con las ideologías, ni con las siglas de los partidos, que cada vez se alejan más de sus principios, al menos de aquellos principios con los que empezamos todos, allá por 1970. Los buenos pensamientos no tienen siglas ni ideologías, tienen nombres y apellidos.
Sería oportuno que alguien, con la suficiente autoridad, liderase una lucha sin cuartel contra la corrupción, contra ese monstruo que nos invade y ensucia la vida cotidiana, contra quienes convierten la gestión pública en un laberinto capaz de esconder sus verdaderas intenciones delictivas y conducir el dinero hasta los bolsillos de uno o de varios, pero lejos, en cualquier caso, de utilizarlo para un bien común.
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