Pedro Fernández Vicente | Miércoles 18 de noviembre de 2009
Un buen camino. Los delitos de violencia de género, cometidos bajo los efectos del alcohol y las drogas, ya no serán atenuantes a la hora de aplicar la sentencia. Una decisión acertada que proponen los componentes de la subcomisión que vigila el funcionamiento de la Ley Integral contra la Violencia de Género y por tanto el Congreso de los Diputados, al Ejecutivo. Un acierto.
Le han dicho al gobierno que para mejorar la efectividad de la norma que vela porque las mujeres sean respetadas en el ambiente conyugal, es recomendable que maltratar a tu pareja bajo los efectos del alcohol y las drogas deje de ser un atenuante, como ocurre ahora. Lo comparan expresamente, en su informe, con la seguridad vial porque cuando se comete un delito o infracción borracho, sentado al volante, se aplica, la calificación de agravante.
Está claro que los legisladores que han observado durante largo tiempo los comportamientos y la eficacia de la ley consideran que de esta forma se puede conseguir un tratamiento más adecuado de los delincuentes, o lo que es lo mismo, dar una respuesta equilibrada a quienes delinquen maltratando a las mujeres en el seno familiar. Y seguro que es verdad. Pero que les hace pensar a los señores diputados que un delito cometido en casa y contra la propia esposa, sea más o menos delito que el cometido fuera, en un parque, en una avenida o en cualquier otro lugar de la vía pública. Que les hace pensar, a los elegidos por los ciudadanos, que la violación de una joven, en el parque del Oeste, con paliza incluida al novio, es distinto a los malos tratos, y que, si se realiza bajo los efectos del alcohol y las drogas, puede considerarse como atenuante a la hora de aplicar la condena.
La justicia no puede ponerse en manos de los delincuentes y la posibilidad de suavizar el delito por el uso previo de estas dos sustancias facilita el camino a los delincuentes. La ley se debilita frente a sus enemigos y se sitúa a merced de la voluntad de quien la incumple. Es verdad que la capacidad de decisión sobrio o ebrio no es la misma, pero tampoco para la violencia de género o para sentarse al volante de un coche.
Si las personas encargadas de la observación y seguimiento de la ley, los encargados de controlar y analizar las situaciones de los maltratadores, aconsejan este cambio legislativo, será por algo. Quienes lo han estudiado, investigado y analizado han llegado a una conclusión firme: delinquir borracho es agravante, delinquir drogado debe considerarse como una conducta que agrava lo realizado y no lo reduce.
Este fue el primer impulso de sus señorías, aunque las presiones posteriores han dejado la propuesta en el terreno neutral: a los agresores juzgados bajo la violencia de género no se les aplicará ni lo uno ni lo otro. Cada caso se resolverá según sus características Si esto es así, quizá ha llegado el momento de extender ese tratamiento a los delitos en general y retirar de la ley que la embriaguez pueda ser una alternativa útil para los delincuentes. Es necesario evitar que los amigos de la ilegalidad puedan sortear el peso de la ley y torearla con tanta facilidad. Ahora les resulta casi un juego.
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