Sara Medialdea | Martes 10 de noviembre de 2009
Pasear por Lavapiés puede ser toda una experiencia, sobre todo si el viandante lleva tiempo sin pasar por la zona. Las calles estan plagadas de comercios abiertos y funcionando. Pero no son mercerías, boticas, zapateros o chamarilerías; más bien son tiendas de comida oriental, establecimientos regentados por ciudadanos chinos, árabes o indios, y locutorios telefónicos. Por las calles pululan hombres, mujeres y niños de decenas de nacionalidades, especialmente de países de Asia y África: apenas se cruza uno con dos o tres parejas de mayores "nacionales". Y hasta los bares han sustituido la habitual cervecita y el pincho de tortilla por alimentos exóticos a nuestros gustos.
A los nuestros, pero no a los de su clientela habitual. Porque Lavapiés es una pequeña babel donde el que se siente extranjero es el madrileño. En sus viviendas -muchas antiguas, y con precios de mercado inferiores a los de otras zonas más "excluyentes" de la ciudad- se han asentado decenas de familias de extranjeros, que se han convertido en los nuevos madrileños que copan en la práctica el barrio. Y lo mismo ocurre cuando caminas hacia el popular Rastro, aunque aquí quienes se han convertido en dueños de casi todos los negocios textiles son los ciudadanos chinos.
Es una sensación extraña la de caminar por tu ciudad y sentirte extraño. Madrid ha cambiado mucho, en muchos aspectos, y la llegada de un alto porcentaje de población inmigrante ha contribuido a ese cambio. Personas con distintas costumbres, culturas y modos de vida, a quienes la fuerza del destino, los lazos de amistad o familia y las leyes del mercado han ido agrupando en determinadas zonas, hasta convertirlas casi en esos"guetos" que tan poco nos gustan.
Además de acogerles con los brazos abiertos, como siempre ha hecho Madrid con todo el que ha venido, urge hacer algo más: la abundancia de nuevos vecinos en coincidencia con una de las peores crisis de la historia reciente puede producir situaciones conflictivas, extremar las necesidades de algunos y conducir a otros por el camino erróneo. Por eso más que nunca es necesario que se atienda con especial mimo a estas poblaciones que se están implantando, y que tienen que saber compaginar el respeto por su cultura y forma de vida tradicional con la realidad en la que ahora, y por voluntad propia, han querido integrarse.
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