Sara Medialdea | Jueves 29 de octubre de 2009
El título original fue para una novela de ciencia ficción que narraba una invasión marciana. Y un poco de marciano tiene también lo que está pasando en Madrid, en esta guerra civil abierta entre Ayuntamiento y Comunidad, y también entre Ayuntamiento y Ayuntamiento, con casi el 50 por ciento del grupo popular con el corazón partío. Lo peor de todo es que era una bronca "cantada", y a la que se ha llegado por la inacción y la negativa a tomar decisiones de quien tiene la facultad de hacerlo: el presidente del PP.
El Patio de Cristales de la Casa de la Villa y el Salón Goya, donde los concejales se toman un descanso en el largo orden del día de los plenos, era espacio peligroso ayer: volaban los cuchillos de extremo a extremo de las salas. Los corrillos eran de todo menos bienintencionados, y si en unos Cobo y Garrido hacían chascarrillos cargados de intención, en otros cada cual contaba su particular versión de lo hecho. Todo ello, ante la mirada divertida de los ediles socialistas, para los que el espectáculo sonaba a chiste. Ellos tienen una explicación clara: "Esto les pasa por falta de cultura de debate; no están acostumbrados a que nadie en el seno del partido levante la mano y diga lo que piensa".
El caso es que la sensación desde fuera del grupo popular no es nada buena. Están escindidos, machacados y rotos. Los unos prefieren mirar hacia otro lado y agarrarse a la superioridad numérica. Los otros destacan que son casi la mitad, y exhiben razones que en ocasiones suenan dolorosas: "Llevo 30 años en política y me ha costado 25 llegar a concejal; otros aquí han empezado por arriba y se creen que eso es un derecho natural". Razones y sinrazones para todos los gustos. Y mientras, un chorro de energía que se pierde, el partido bajo mínimos de credibilidad pública. Y Rajoy, ¿sube o baja la escalera? Una pena.
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