Opinión

El piratilla enmascarado

Rafael Martínez-Simancas | Viernes 23 de octubre de 2009
De Pedraz a la Fiscalía y siempre en furgoneta, así está el trajín del joven pirata somalí al que nadie consigue calcular su edad exacta. Le han hecho todo tipo de pruebas, (parece que mirarle los dientes como a un caballo es lo más efectivo), pero el juez no cree que sea mayor de edad. Mientras tanto el pirata calla porque en el silencio encuentra la mejor de sus defensas. La diferencia es el “precio”, si fuera menor de edad le podrían caer ocho años de prisión en lugar de treinta que le corresponderían al tener plenitud de responsabilidad penal.

Hemos convertido un problema del océano Indico en otro de nuestros episodios de kale-borroka. A efectos de la justicia cuando alguien es menor de edad es igual que le prenda fuego a un cajero automático a que secuestre un atunero en aguas internacionales. Son cosas de niños.
Da pavor pensar que el atunero haya sido apresado por una pandilla de menores de edad porque, entonces, lo que haríamos es ocuparnos de la manuteción de estos “chiquillos tan alborotadores”.

El caso del “Alakrana” pone en evidencia, una vez más, que nuestro sistema jurídico hace aguas cuando se trata de juzgar a menores de edad que muestran comportamientos antisociales. Valga la reflexión para los piratas somalíes y para los de la “pijo-borroka” de Pozuelo.

Mientras nadie consigue desenredar la madeja del secuestro, una solución podría ser que el joven piratilla se pusiera en contacto con sus compañeros para decirle lo bien que le trata la Fiscalía y las atenciones que demuestra el juez Pedraz con él. De esa forma tal vez lograríamos acabar con un capítulo bastante oscuro de la diplomacia española que es incapaz de negociar, de  intervenir, o de todo lo contrario.

Y el piratilla mientras tanto conociendo Madrid.

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