Sara Medialdea | Sábado 03 de octubre de 2009
Toda una demostración de poder. Eso es lo que ha hecho el Comité Olímpico Internacional en Copenhague. Sus miembros decidieron casi al unísono apoyar a Río, y abrir la puerta de los Juegos a Sudamérica. Y así lo hicieron: casi un 70% de los votos se fueron unánimemente hacia la ciudad carioca.
Ni la intervención de Obama, el hombre más poderoso del planeta actualmente, ni el poderío económico nipón, ni la fiabilidad de la candidatura madrileña pudieron nada contra esa máquina que decide, sin criterios claros conocidos, dar el mayor evento deportivo, televisivo y popular del planeta a una ciudad sin infraestructuras, sin sistema de transporte público y sin seguridad. Pero eso sí, con un líder, Lula da Silva, capaz de venderle un sistema de aire acondicionado a un esquimal. Su presentación fue decisiva: cálida y sincera. Casi nos convence incluso a los que íbamos con Madrid...
Queda por ver el futuro: ¿tiene sentido para las ciudades presentarse a una carrera donde se juega con las cartas trucadas? ¿Merece la pena el esfuerzo y la inversión para luchar por un evento multimillonario que no se adjudica ni al más preparado ni al más capaz ni al más seguro? ¿Cambiará algún día el sistema de elección de ciudades olímpicas hasta dotarse de criterios contantes –y no sonantes_? De momento, estas preguntas no tienen respuesta. De momento, en el horizonte sólo está Río y ese año 2016 que también nos tenemos que borrar de la cabeza los madrileños.
TEMAS RELACIONADOS: