Opinión

Consultar a los mayores

Nino Olmeda | Miércoles 19 de agosto de 2009
Cuando uno llega a la mal llamada Tercera Edad, integrada por todas las personas mayores de 65 años, empieza a recibir prestaciones y ayudas por parte de las distintas administraciones para vivir con  decencia el resto de sus días. Debido a que cada día es más largo el recorrido vital de un ciudadano español, al llegar a la jubilación laboral depende de la pensión estatal que reciba y de los euros que haya podido ahorrar.

Una buena parte de la ciudadanía, por unas razones o por otras, percibe todavía mensualmente cantidades indignas para un país que se quiere comer el mundo a base de ofrecer datos de riqueza y prosperidad que colocan a España entre los mejores de Europa y del mundo mundial. El Gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero, encantado por acariciar el punto G y representarnos en el G-7 y en el G-20, tiene por delante un reto importante: que las pensiones de bajo coste pasen a mejor vida.

Cuesta mucho alcanzar esa meta,  pero muchos millones de euros que se pierden en gastos militares, de representación y demás pompas que rodean la parafernalia del cargo institucional podían pasar a una partida de engorde de las prestaciones que reciben nuestros mayores. Además del asunto de las pensiones que cobra este colectivo, que se cuantifican sin tener mucho en cuentas a sus perceptores,  las ayudas regionales o locales que pretenden mejorar su calidad de vida se ponen en marcha, también, sin tener en cuenta a los asistidos.

El servicio de teleasistencia está ya  en muchos domicilios y muchos más mayores cuentan con  un teléfono que pueden usar ante cualquier problema que pueda surgir y desde el que son llamados para interesarse por cada una de estas personas. Magnífico. Los ayuntamientos, asimismo, ofrecen otros servicios a domicilio, prestados por empresas privadas que contratan, sobre todo, a personas inmigrantes para llevarlos a cabo debido a que no están muy  dispuestas a pagar a estos trabajadores un salario digno. Tampoco está muy claro que las personas contratadas reciban la formación específica y necesaria para atender a este colectivo.

Lo que está claro es que las administraciones y las empresas que realizan estos servicios no tienen muy en cuenta la opinión de los mayores a los que van destinadas estas ayudas. De ejemplo, un botón. Unas mujeres hablaban, sentadas en un banco, sobre estas cuestiones. Largaban en un lugar cercano a la vallecana Asamblea de Madrid. Una de ellas relataba que desde hace años una chica, a coste cero porque su pensión es de risa, acude dos días a la semana a su domicilio. En total, cuatro horas para que esta mujer latina adecente un poco su lar. La otra señora decía que ella también tiene algo parecido y puesto por el Ayuntamiento de Madrid.

 Además de quejarse ambas de lo poco que dura la misma asistente en el puesto, ya que la empresa cambia a estas personas  cuando les viene bien a ellos, no a los asistidos, decían que nadie cuenta con ellas. Con lo que cuesta poner al día a estos empleados sobre la historia de su vida y la de sus familiares, indicaba una de ellas, y ellos, los munícipes por antonomasia, “que piensan en lo suyo, no tienen en cuenta lo nuestro, que es la necesidad también de compañía y poder hablar con  la chica o chico que limpia el suelo y deja la cocina como los chorros del oro”. Una de ellas contó a su amiga que, como ya tiene más de 80 años, el Ayuntamiento las ha ofrecido más horas de ayuda. En principio, ahora viene a casa de una de estas señoras otra persona, dos días a la semana, para colaborar en su aseo personal.

Una horita cada día señalado. Viene bien, pero no está contenta del todo ya  que la persona que le ayuda a ducharse es otra distinta a la que viene a realizar tareas domésticas. Junto a esta nueva ayuda,  ofrecen una o dos horas más, varios días a la  semana, para acompañar a esta señora octogenaria para a ir a la compra o realizar otras tareas. Antes de seguir con sus explicaciones, la otra señora, también con más años que el Canal de Isabel II, rebobina y dice sobre la ayuda para ducharse: “Creerán que sólo nos aseamos los días que ellos nos dan lo que creen conveniente”. Asiente la señora que estaba hablando y añade que lo gracioso de todo esto es que, al final, “mi casa se convertirá en un una especie de circo por el que pasan dos o tres personas distintas para ganarse un sueldecillo”.

Alza la voz y señala, con razón, que lo lógico sería que todas las tareas las realice un mismo trabajador y que la persona mayor atendida no tenga que dedicar parte de sus energías a recordar los nombres de todos sus asistentes y a recordar qué capítulo de su vida ha contado a cada una de ellas. Sí, eso es lo lógico, pero ellos están en otras cosas, en las suyas, consistentes en  ofrecer datos sobre el crecimiento porcentual de esta o esa ayuda y por supuesto considerarse campeones en colaboración con los mayores, a los que luego intentarán llevar a sus mítines electorales para que aplaudan no sé qué frase de no sé cual partido.

Qué pena no tener más en cuenta a los que disfrutan de un servicio tan necesario como innecesaria es la necedad de muchos responsables políticos y de las empresas contratadas.

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